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Ante la ley

Police, adjective / Corneliu Porumboiu / 2009 / Rumania

police adjective porumboiuEn el Bafici circulaba un rumor bastardo, infundado: decía que a Police, adjective le sobraba la primera hora y media. No escuché lo mismo de películas que hacían un uso excesivo de planos fijos donde no había mucho para mirar, sino de la que para mí fue la mejor de todas de todas las que vi. Es raro, pero así son los rumores y nadie tendría que prestarles atención. Con seguridad, éste había surgido de la boca de quienes siguen disociando la forma del contenido. ¿De qué otra manera se podría contar una historia donde lo fundamental es el tiempo en todas sus dimensiones? El tiempo como pasado, presente y futuro, y como algo relativo que en el día a día se estira o se acorta según el grado de acción.

Cristi, el protagonista, es un joven policía que tiene la misión de seguir a un grupo de chicos de secundaria que fuman hachís. En su deambular moroso, que nada tiene que ver con las investigaciones policiales que podemos ver en Hollywood, la película impone, a su vez, otro seguimiento: el que hace el espectador de Cristi. Tal vez es ahí donde se engendra el absurdo rumor que, sin dudas, es signo de una falta de atención al andar del protagonista, a los pasillos y recovecos de la institución policial y a los pequeños diálogos que va manteniendo con diferentes personajes. Todo está ahí desde los primeros minutos. Mientras se van anidando unos temas con otros, la burocracia, la repetición, el absurdo, la ley, la moral y las instituciones dilatan el tiempo y generan el nudo que provoca la espera.

Porque Cristi siempre está a la espera. Vigila la casa de uno de los chicos y espera. Los observa fumar porro frente a la escuela y espera que tiren la tuca para recogerla como indicio del delito. Sobre todo, espera encontrar una prueba que demuestre que alguno de los investigados está traficando, porque sabe que la ley de su país puede mandarlos varios años a la cárcel sólo por consumir y eso va a pesar en su conciencia. Pero no hay peor espera que la de algo que, ya se sabe, no va a llegar. De cualquier forma, Cristi retarda la investigación y pospone el encuentro con su jefe mientras intenta dirimir sus dudas.   Continua…

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Miss respetos

Miss Tacuarembó / Martín Sastre / 2010 / Uruguay, Argentina, España

Miss Tacuarembó 2

Diez millones de frascos de perfume, Coqueterías y Mujercitas, un casette de Parchís, un muñeco de Alf, un vestidito de Mi pequeño pony, una cabrita que se llama Madonna, Jeannette Rodríguez en el televisor haciendo de Cristal con Carlos Mata, la música de Flashdance, los lentes flúor, los jardineros de jean, nenes que dicen “Qué copante” o frases como “La gremlin esa”: desde el emporio de los ochenta (“No me gusta nada que sea de los noventa” dice en un momento Natalia) llega una historia recompleja, retorcida, banal, que a todo el mundo le viene gustando –menos a la iglesia, me imagino. Punto para Martín Sastre, que estrena justo en la semana del deschave retrógrado.

Miss Tacuarembó es Natalia (pero no, porque acá todo es mentira), una nenita que de pueblo chico y ultraconservador-opresivo-grotesco, sueño mediante, viene a Buenos Aires para presentarse a cuanto casting pueda y así cumplir el sueño de cantar y bailar, como Madonna, como Jennifer Beals, veinte años después del apogeo ochentero de las mismas. Hay algo trágico de por sí, en ese sueño. Natalia ahora tiene treinta, un par de arruguitas debajo de los ojos, y el mundo es un poco distinto: es el mundo del reality. Por eso el sueño –acaso degradado, ah, tema para pensar- es salir en el programa conducido por Rossy de Palma y, excusa del reencuentro con una madre que no se quiere mediante, terminar cantando frente a la cámara.

De los ochentas aburridos y pueblerinos –relato centrado en una iglesia tremebunda comandada por la siniestra mandamás del pueblo (sorpresa ahí), contracara mal vestida de la mandamás real que pasa en auto revoleando pañuelos perfumados- a la actualidad de la changuita en Cristo Park, parque temático cristiano (más redundancia por mi parte imposible), hay muchas ideas y vueltas espiraladas y confusas, imprevistas, que el espectador de buena voluntad, ya sea porque tenga diez o le guste Natalia o comparta la nostalgia por los ochentas o porque se entregue como nunca nadie a la fragmentación caótica del mundo, podrá disfrutar como chico en el carrito de tren fantasma, de giros bruscos y sorpresas sorpresivas que quieren sorprender, y que harán al espectador escéptico preguntarse si este Sastre sabe armar un traje. Continua…

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La imagen movimiento

Green Zone / 2010 / Paul Greengrass / Estados  Unidos
Red Cliff Parts 1&2 / 2008-09 / John Woo / China

Green-Zone-Matt-Damon-In-War

Terminado el mundial y habiendo poco de interés en la cartelera porteña (en serio, sacando a Toy Story 3 y Océanos no hay nada bueno) decidí el pasado fin de semana internarme a ver cine en mi casa, ya que a veces lo mejor se encuentra pirateado en un videoclub amigo o directamente bajado por Internet. Así me encontré con los últimos filmes de dos directores que admiro mucho, por un lado lo nuevo de Paul Greengrass (el mismo de las dos últimas películas de la saga Bourne y de Vuelo 93) llamado Green Zone, y por el otro una épica china dividida en 2 partes llamada Red Cliff, que marca el regreso a su país de origen del legendario John Woo luego de fracasar en Estados Unidos con su última película El pago. Fue muy extraña la sensación que tuve después de ver estas dos películas con tan poco tiempo de diferencia una de la otra. Pese a las diferencias tanto temáticas como narrativas que existen entre ambas hay un nexo que las une, y es la pasión que tienen por capturar el movimiento delante de una cámara.

Tanto el cine de Paúl Greengrass como el de John Woo se basaron siempre en la idea de la acción constante, ya sea en contextos más realistas como los que se suceden en las películas del director británico o en escenarios propios del imaginario cinematográfico en el caso del realizador chino. Pero lo interesante en ambos casos es que si bien ellos persiguen la misma idea del movimiento fluido de sus criaturas a través de la acción y la adrenalina, no pueden ser más diferentes en cuanto a la forma de demostrarlo. En películas como Domingo sangriento, La supremacía Bourne o Vuelo 93 la acción es inmediata, ágil, y la cámara en mano junto al montaje frenético obliga a que los planos sólo puedan ser leídos en función de un objetivo a alcanzar por los protagonistas. Así sea en forma de la acción pura como en la saga Bourne o de la dramatización de hechos reales como en Vuelo 93, tanto la estética con cámara en mano cercana al documental como la narración en el cine de Greengrass funcionan en base a crear el movimiento como algo visceral. Algo que estamos viviendo a la par de los protagonistas, mientras corremos junto a ellos para alcanzar algo concreto, tangible, que nos permita frenar esa adrenalina constante.

En Green Zone, lo que busca el protagonista Roy Miller es la verdad. Sargento de un batallón de soldados en Irak apenas comenzada la invasión norteamericana en el país de Medio Oriente, a Miller le es asignado encontrar armas de destrucción masiva (las famosas WMD) en el lugar. Pero cansado de volver de sus misiones con las manos vacías, decide actuar por su cuenta e investigar cuál es la fuente secreta que falsificó la existencia de tales amenazas y desenmascararlo ante la prensa. Greengrass establece así su relato contemporáneo como una lucha solitaria de un hombre contra un sistema corrupto que impedirá que la verdad salga a la luz, generando un juego contra el reloj entre unos y otros por llegar a esa verdad y utilizarla con distintos fines. La forma que toma Green Zone es la de un tren bala sin frenos que se mueve en una sola dirección y con un objetivo claro al cual llegar, y la sucesión de cortes rápidos de montaje junto a una música que marca una pulsión constante funcionan para llevar a cabo esa idea especifica.   Continua…

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La más bella niña

La Pivellina / Tizza Covi y Rainer Frimmel / 2009 / Italia, Austria

la-pivellinaEsta minireseña fue publicada durante el Bafici.

Con seguridad, la mejor actriz del festival es Asia Crippa, una de las protagonistas de La Pivellina. Lo singular es que probablemente no alcance los tres años de edad. Así y todo, Crippa brilla en la pantalla con sus gestos y sus palabras entrecortadas que muy pocas veces brindaron tanta verdad en el cuerpo de un niño actor. Cuando dice no, cuando come con la cuchara, cuando se ríe, no se puede ver una pizca de obligación. Si se la ve feliz, la pivellina está feliz. Y no sólo se trata de ella, todos los personajes que la rodean con afecto no hacen más que ser de verdad.

En este eco del neorrealismo italiano que nos llega en colores rutilantes, una familia circense de esas que le resta importancia a los lazos de sangre, encuentra a esta nena sola en una plaza y se la lleva a vivir con ellos. En medio de remolques, charcos de agua y la falta de trabajo de esta Roma poco glamorosa, el único conflicto –y no por eso menos inquietante– es el riesgo de que la dichosa estancia de Asia (el personaje y la actriz llevan el mismo nombre) se acabe en algún momento. Su irrupción cambia la vida de toda la familia, y como ellos quieren creer cuando imaginan el horrible pasado de un niño que llega a ser abandonado, cambia para bien la vida de la pivellina. Por eso se dedican a darle todo el cariño del mundo en el menor tiempo posible mientras Tiza Covi y Rainer Frimmel los siguen con una cámara que conoce la vibración del cine documental y hace que el amor se sienta. Y nada en el cine puede ser más importante que sentir.


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El baile de las hormonas

Eclipse / David Slade / 2010 / EE.UU.

Eclipse

Eclipse es una película que ya fue rodada en la cabeza de las adolescentes. Al menos, en la de todas las que, habiendo leído los cuatro mamotretos de la saga de Crepúsculo, preconstruyeron sus imágenes en la intimidad y luego fueron al cine a transformar su experiencia individual en un rito colectivo. Quizá esa sea la razón por la que la versión de celuloide de Eclipse resulta tan esquemática y no se toma muy en serio a sí misma (“esta película es más de risa que de amor” escuché decir a una precoz mini-crítica al salir de la sala), porque lo esencial no es lo que ocurre en la pantalla sino lo que pasa en las butacas, donde las chicas reviven y comparten las fantasías, los calores, los entusiasmos o las frustraciones que antes les provocó el libro.

Por eso la platea de Eclipse (perdón, es el efecto de saturación mundialista) podría asemejarse a una tribuna de de fútbol. En la película también hay dos bandos por los que hinchar: el de un vampiro romántico que le propone a Bella una vida de compromiso y castidad y el de un hombre lobo, brioso y siempre en cueros, que le ofrece una pasión más terrenal. También hay una tenue historia de competencia violenta entre chupasangres novatos y veteranos, pero eso está como de fondo, nadie le hace demasiado caso (la verdadera y única escena de miedo para las púberes, a juzgar por las risitas nerviosas escuchadas en la sala, es la de la charla de “educación sexual” paternal donde el progenitor incómodo explica a su hija superada los peligros del sexo irresponsable). Es que lo verdaderamente importante para las espectadoras de Eclipse es ver cómo la protagonista oscila entre la perspectiva de un novio de cuento o un macho latino, emitir opinión a los gritos sobre lo que está sucediendo y, en consecuencia, festejar cuando el triunfo se inclina para uno u otro bando de los galanes.

Sin embargo, a diferencia de la deportiva disciplina del balompié, acá no hay suspenso. Todas saben cómo va a terminar la historia, así que tranquilas, con el conocimiento del final, se dedican a seguir la aventura de Bella que, al menos en las dos horas que dura esta entrega de la serie, navega entre los deseos de romanticismo y de un buen revolcón, sin culpa ni, por el momento, peligro de caer en pecado. Continua…

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Así cualquiera decide morir

Veronika decide morir / Emily Young / 2010 / EE. UU.

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Les voy a contar una historia conmovedora: Veronika tiene un laburito en una multinacional con sede en Nueva York, en unos de esos rascacielos con vista a toda la ciudad. Va a trabajar vestida con ropa de ejecutiva que le hace apretar las nalgas y fruncir el ceño durante las aburridas reuniones donde se deciden cosas que no le importan. Porque Veronika tiene alma de artista. Pobre Veronika, los padres no la dejaron seguir estudiando piano en la prestigiosa Academia Juilliard porque en su estrechez de inmigrantes pensaron que no iba a poder subsistir con su gran talento musical. En el fondo la quieren, pero le cagaron la vida. Ahora ya no tiene ganas de nada, un día pone Radiohead y se clava pastillitas de todos los colores que la dejan en coma. ¡Qué tonta! Se hubiera comprado un libro de Paulo Coelho antes de semejante decisión. O a lo sumo, si no le gustaba leer, podría haber ido al cine. Una vez al año estrenan una película como esta, un canto a la vida como esas en las que Julia Roberts cuida a un enfermo de cáncer. Con esas lecciones podría haber aprendido a oler las flores por las mañanas y a disfrutar de un casete de Debussy sin tener que acabar en un neuropsiquiátrico lleno de locos de verdad.

Quién sabe, Dios obra de manera misteriosa. Si Veronika hubiera ido a ver una película de Emily Young no se habría encontrado con el Dr. Thompson y su extraño método de sanación que consiste en decirle mentiritas blancas al paciente para que se le despierten las ganas de existir. Por eso, cuando despierta del coma, después de que se llenara la panza de pastillas, el doctor le avisa que le queda poco tiempo de vida. Pero de todas formas no tiene ganas de sentarse a esperar; la Vero sigue emperrada en morirse lo más pronto posible. Así deambula por el hospital, de acá para allá en busca de algún medicamento que le reviente el corazón marchito. Y en ese deambular lo que le revienta el corazón no es ninguna droga, sino el frikigalán silencioso de Edward.   Continua…

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Un mar de lágrimas

Océanos / Jacques Perrin y Jacques Cluzaud / 2009 / Francia

Océanos focas

Océanos es un documental y quiere documentar algo. Se nos muestran los mares, la variedad de formas de vida que albergan (¡albergan!), la majestuosidad de ballenas saltando con música clásica y la violencia de las olas que pueden destrozar un barco, para que con temor y temblor sintamos eso que hay de sagrado en una vida que nos precede por miles de años. Está bien. Hace de marco para la película el relato de un abuelo-voz en off al nietecito rubio, que aprende con asombro (y el nietecito rubio seríamos nosotros, absorbiendo sabiduría). Toda la marejada de imágenes juguetonas (animales en poses tiernas, delfines haciendo travesuras), violentas (tormenta con barcos, lucha entre cangrejo y bicho rarísimo que lo hace pedazos), impresionantes (matanza de delfines y ballenas) y toda la lista de adjetivos larguísima que podría inventarse, se va por un embudo hacia el mensaje, clarito como el agua, que la película quiere dejarnos. Hay que cuidar los mares, hay especies extinguidas, nuestra vida en la tierra depende de la vida en el mar, seamos responsables. Punto.

No se dice muy bien en qué consiste ese cuidar ni en qué consistiría esa responsabilidad (en una de esas no tirar detergente ni botellitas de Seven-up al río). No creo en ninguna ecología que no reponga relaciones políticas y que derive en la responsabilidad individual (el granito de arena) la salvación del mundo sin decir quiénes arruinan, cómo contaminan, qué países y qué legislaciones permiten esa contaminación, qué sistema económico necesita destruirlo todo para seguir creando, seguir creando qué. La ecología separada de la economía es como la moral abstracta: hay que ser buenos. El mismo grado de inutilidad, de bonachonería. Acá se pretende que el mundo se salva a golpes de belleza: qué lindo es el mar, cómo lo vamos a arruinar, mejor no lo arruinemos. Pero como se sabe, entre la intención más o menos explícita de una película y lo que las imágenes pueden hacer en los ojos del que mira, hay una distancia que se mide en muchas millas marinas. A bordo de la recepción se puede dar la vuelta al mundo, y la mar en coche (ejem, perdón). Por eso, Océanos me encantó, y lloré como hace mucho tiempo que no lloraba con una película (ni siquiera Toy story). Mares de lágrimas. Más allá del discurso, de la enseñanza del abuelo al nieto, o por el borde, hay algo que se derrama.

Océanos trata sobre el agua. El agua es muda. Para una humanidad perfeccionada (y alimentada) que pudiera entender la materia, bastaría con que una película ponga sus micrófonos al servicio de captar los mínimos ruiditos de las patas de los animales caminando por el fondo arenoso, o del agua chocando contra las piedras. La lección no pasa por lo que nos digan, sino por lo que se nos da a experimentar. Porque en el agua no queda otra que ser otro. Continua…

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Pobre Oscar

El retrato de Dorian Gray* / Oliver Parker / 2009 / Gran Bretaña

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Las sensaciones son las primeras marcas del cuerpo humano. Los culpables son los cinco sentidos que poseemos todos simplemente por ser humanos. También podríamos decir que existe un sexto sentido espiritual, apoderado por las mujeres –muy feminista de su parte–. Sin embargo, hay un séptimo al que quiero aludir y que es el causante de las sensaciones que se producen cuando uno se expone frente a cualquier obra de arte. Es el productor de emociones, esas que se transforman en estímulos causantes de ciertas respuestas físicas. Por ejemplo, frente a la belleza extrema es muy normal quedarse paralizado y sin habla. Pero es verdad que también frente a la cosa más fea es muy posible quedarse de la misma manera.

Con toda esta introducción me quiero referir a la belleza del Dorian de Wilde y a la fealdad de la película de Parker. Hay algo muy particular en la obra maestra de Oscar Wilde publicada en 1890, El retrato de Dorian Gray. Esa particularidad es la poética de la literatura de la época, la huella que deja en el alma a través de la historia. El autor no por nada vivió como vivió y luchó como luchó. A veces es tan complicado conseguir la esencia de un personaje que, sin pensarlo, es mejor dejarlo pasar que seguir adelante. Con esto quiero decir que el Dorian de la literatura es un muchacho con una belleza física y espiritual inexplicable para la gente que lo rodea. Su alma es el rubí perdido. Con ella hace ver en profundidad la mentalidad y el ser inglés. Oscar Wilde tenía un propósito –como todo autor frente a su obra– y es la crítica hacia cierta cultura que no compartía y que deseaba cambiar. El alma de Dorian Gray es corrompida sin piedad por los pensamientos ajenos, por una elite que lo alababa pero que no podía comprenderlo, una elite que no pudo aprender y siguió cometiendo errores. Esto es una mínima parte de lo que expresan las palabras escritas de un inglés exiliado, prejuzgado y, que sin embargo, no se dejó corromper por las palabras que intentaron romper su cabeza.   Continua…

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Acto de fe

Cartas a Julieta / Gary Winick / 2010 / Estados Unidos

cartas a julieta

Cartas a Julieta es una película rosa por donde se la mire. Es abúlico el afiche, irritante el tráiler y ñoña la idea del amor que plantea (o al menos eso dicen las malas lenguas). Sin embargo todo esto, que podría ahuyentar al romántico más empedernido, termina enamorando al escéptico más apático. Porque hay algo en Cartas a Julieta que hace creer en lo que cuenta, y es el arte de saber contar.

Desde los créditos la película ya se diferencia de las típicas comedias románticas. No hay acá ningún plano cenital mostrando una vista aérea de Nueva york, no hay banalidades sobre la vida moderna de chicas que en el apogeo de su vida profesional no pueden encontrar el amor. Esta es una película sobre el amor, así que los créditos nos lo muestran a través del tiempo, en pinturas renacentistas de jóvenes enamorados, fotos en blanco y negro de parejas, besos y demás.

Sophie (Amanda Seyfried) deambula sola por Verona en lo que supuestamente sería su pre luna de miel, mientras su novio (Gael García Bernal –ay Gael si no fueras tan lindo…) a punto de abrir un restaurante en Nueva York anda corriendo de un lado a otro en pos de vinos y hongos y la deja a la deriva. Así es como por esas casualidades del cine ella termina conociendo a unas mujeres que se hacen llamar Las secretarias de Julieta, y que se ocupan de contestar las cartas que las mujeres de todo el mundo dejan en la casa de la eterna adolescente enamorada. Sophie quiere ser periodista y su olfato le indica que acá hay una historia para contar, así que las acompaña en su labor, con tanta buena fortuna que encuentra una carta escrita hace cincuenta años por una chica inglesa enamorada de un italiano que se encontraba desesperada y sin saber qué hacer ante la inminencia de su regreso a Inglaterra. Nuestra heroína contesta la carta, y al poco tiempo la mujer llega a Verona acompañada por su nieto en vistas de recuperar su viejo amor. El nieto, inglés y ácido, rechaza la candidez de Sophie, y ya nos podemos imaginar el resto.   Continua…

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Sos mi dios

The road / John Hillcoat / 2009 / EE.UU.

The road-La carretera

The road es una película marrón. Marrón y polvorienta. El mundo, tal como lo conocemos, el mundo de las sociedades organizadas y de las ciudades y las comunicaciones y de la relativa disponibilidad de cosas materiales se terminó. El punto de partida de The road ya es atrapante, porque sugiere que como no hay más comida, no hay más moral. O por lo menos que la moral por momentos, a fuerza de abstracta, se vuelve ridícula (“Papi, ¿nosotros somos los buenos?”). Como una contracara realista, física, de 2012 (que me parece gloriosa, pero en 2012 los cuerpos no estaban expuestos al peligro más que visualmente; John Cusak podía correr delante de una grieta que se abría en el suelo y pegar un salto para subirse a una avioneta, siendo un hombre común, y a fuerza de exageración todo era verosímil), The road es un relato tan agarrado a contar la supervivencia de los cuerpos con escenas casi mudas que toda la posible mística-moral bobalicona y trillada es expulsada para afuera. Porque The road podría ser una película sin diálogos, y no estaría mal: no haría otra cosa que reforzar la idea de que acá se trata de contar algo que es mucho más serio.

Un padre y un hijo sin nombre, abandonados por la madre en un fin del mundo que se prolonga demasiado, salen a la ruta. “Vamos al sur”, es la consigna, pero en el sur muy probablemente no haya nada. Se trata de moverse porque la que viene pisando los talones es la muerte, en la forma de bandas armadas que se comen a los que encuentren vivos o de falta absoluta de comida. Ellos, concientes de que en cualquier momento se termina y de que es mejor meterse un tiro en la boca que dejarse comer vivos, llevan un revolver con dos balas. El padre, como todo padre, trata de preparar al hijo para cuando no esté, pero preparar en este caso quiere decir saber cómo matarlos a los dos si llega a ser necesario. La intensidad de la relación entre ellos dos, de más está decirlo, es absoluta, unidos por ese poco de vida que persiguen y por esa muerte que llevan encima. Ellos están sucios, tienen la ropa destrozada y están un poco locos (¡la mirada de Viggo, santo desquiciado!). El desamparo es absoluto, y por si el espectador se acostumbrara a verlos mugrientos y al borde del desmayo en ese mundo destruido, una serie de flashbacks que son recuerdos del padre muestran a la mamá. O mejor dicho, muestran en el cuerpo de ella, tirado al sol o acurrucado en un auto, una calidez que se perdió para siempre.

Entonces tenemos al padre y al hijo que se cuidan y tenemos una película de un suspenso terrible, que logra intensidades sorprendentes a fuerza de contrastes. Porque el mundo de The road está tan bien establecido y es tan nítido que en un momento, cuando los vagabundos encuentran un sótano y en el sótano estantes llenos latas de comida que iluminan con un encendedor, ese pedazo del mundo nuestro y cotidiano se vuelve totalmente extraño, y es el paraíso. Y cuando el padre prende un cigarrillo después de la cena, de pronto parece humano. Ahí, por primera vez, medimos el espesor del drama en el hecho de que alguna vez esos pordioseros que vagan en un mundo hostil fueron nosotros. Chapeau, Monsieur Hillcoat, por meternos en el mundo de su película, no con piedad, sino con detalles de cine. Continua…

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