Old School / Todd Phillips / 2003 / Estados Unidos

Hay dos tipos de hombres en Old School: los que aceptan y disfrutan el hecho de ser adultos y los que no. Los primeros juegan al golf, sobornan al que se les ponga en el camino y tratan de seducir a la primera chica que encuentran. Los otros, en algún punto, toman conciencia de la falta de sentido de sus vidas burguesas y tratan de buscar un escape, de volver (como dice el título en español de la película) a aquellos viejos tiempos.
Este último es el caso de los tres protagonistas. Mitch (Luke Wilson), Bernard (Vince Vaughn) y Frank (Will Ferrell) tienen sus vidas organizadas, están casados (Bernard tiene dos hijos) y el que no es profesional tiene un negocio bastante exitoso. Pero por esas cosas de la vida (tan comunes como descubrir que tu mujer practica orgías mientras trabajás) Mitch se separa y alquila una casa que, por consejo de sus amigos de siempre, se va a convertir en una fraternidad.
Lo genial de Old School no es el descontrol, no son las fiestas ni las guerras de chicas en gelatina (aunque ver la transformación de Ferrell después de un trago de cerveza vale la película) sino el espíritu lúdico de un grupo de hombres tratando de volver a tomar las riendas de sus vidas. Y es ahí donde Tod Phillips marca las diferencias entre sus personajes, porque si los tipos serios son individualistas y tratan de perjudicar a quienes puedan, los inmaduros son compañeros y se unen en la adversidad. Y si acá la película no cae en una moralina barata es gracias a que, aunque el mensaje puede parecer obvio y simplón, funciona porque toda su comicidad depende de las escenas en las que este grupo de grandulones, forzados a rendir examen para que no echen a sus compañeros más jóvenes de la universidad, tienen que someterse a pruebas de aptitud física junto a chicos de veinte años.
Quizás Phillips no filme obras maestras y no haga más que comedias que merezcan hasta el último peso de una entrada (como la hace poco estrenada ¿Qué pasó ayer?), pero sí es capaz, aunque sea por un ratito, de hacernos creer que el sentido de la vida puede residir en el salto de un caballete en un gimnasio universitario con todos tus compañeros alentándote.










Ahora por haber leído tu crítica me acordé de que yo a esta película la vi. En fin. También para eso sirve la crítica, para que los lisos no alquilen dos veces del video (bueno, cuando se alquilaba).
La vi en cable hace poco y me pasó lo mismo, no hay que ver tantas pelis fumados.
Creo que está muy bien cómo describís el modo en el que la película evita en parte la moral simplota que parece estar flotando sobre ella todo el tiempo: con los cuerpos de los actores en el plano. Will Ferrell, primero que nadie. Una bestia que no eligió su destino, simplemente le tocó. La épica de la película podría derivarse del movimiento de esos corpachones tratando de rozar algo de esas emociones del pasado que solo están esperando una excusa cualquiera para despertarse.
Saludos, Cas.
A mi me gustó la escena en donde se lo ve a Will Ferrell correr en pelotas por la calle, despreocupado del mundo entero gracias a ese estado que lo impulsa hacia una catársis efímera aunque extrema. Es que el cuerpo necesita, en algún momento, liberarse.
Después de todo, una vetusta frase oriental, en relación a la vejez y a la maduración del cuerpo, decía lo siguiente: “mi cuerpo es pesado, sin embargo mi espíritu no cesa de ser cada vez más ligero”.
Un saludo!!
EV