
Se sabe, Hitchcock pretende que nos enfrentemos con nuestro propio morbo. Siempre estamos del lado del asesino, siempre, se trate del Cary Grant chanta y jugador de Suspicion, del tío seductor de Teresa Wright que interpreta Joseph Cotten en Shadow of a doubt o del Anthony Perkins atormentado y algo vulnerable de Psycho. Hasta los estudiantes un poco sacados de The rope podrían hacernos decir, con la sonrisa comprensiva de una tía, “¡Ay, estos chicos!”. Y como la fascinación por la imagen es tirana, no es un factor secundario el hecho de que siempre se nos ponga frente a personajes bellos. Son lindos, no hay vuelta que darle, y cuando no son lindos son frágiles y nos dan pena. Esta constante, sin embargo, no se cumple en el caso de Frenzy, acaso la película más asquerosa de ese asqueroso elegante que era Hitchcock.
Por más que hayamos simpatizado con Norman Bates cuando trataba de deshacerse del cadáver de Marion Crane y el azar se le cruzaba en el camino para complicarle la tarea, no terminamos de simpatizar con Rusk (Barry Foster) cuando después de cometer el segundo asesinato de Frenzy se da cuenta de que le falta un broche que siempre lleva prendido en la solapa y que muy probablemente esté en la mano de la mujer que acaba de asesinar, vuelve al lugar en el que tiró el cuerpo y se mete en un camión que lleva bolsas de papas para buscarlo entre otras bolsas. Por fin lo encuentra y una pierna desnuda sale de entre las papas y le pega en la cabeza, el tipo la sujeta como si fuera una cosa (que lo es) y empieza a hurgar entre las papas para buscar la mano, que está cerrada con fuerza. Entonces Rusk, en un gesto puramente práctico, le mete un cortaplumas entre los dedos pero no puede romperla, hace fuerza, le suda la frente, se pasa un pañuelo por esa cara colorada y brillosa de pelirrojo inglés. Finalmente prueba a quebrar el dedo meñique y lo consigue, los dedos durísimos se separan y ceden, quiebra uno, dos, tres. El asesino saca el broche de la mano y se lo vuelve a poner en la solapa. Frenzy es la película más angustiante de Hitchcock porque muestra como ninguna la trivialidad de la muerte y del mal, especialmente en esta escena en que los paralelos visuales le dan al cuerpo el estatuto de una bolsa de papas. Incluso el director se permite un chiste sobre este detalle escabroso cuando la mujer del policía que investiga el caso le está sirviendo la cena y mientras él le cuenta los detalles de los asesinatos ella parte un grisín y hace un crac bastante parecido al que habían hecho los dedos al fracturarse.
Si había algo tranquilizador en una película perturbadora como Psycho era que Norman Bates estaba loco y mucho de lo que pasaba se explicaba por esa locura. En Frenzy no hay explicación o si la hay es casi una parodia: en un momento dos policías describen el perfil del asesino violador pero la película nos muestra que ese perfil coincide justamente con el personaje que es inocente de los crímenes. El asesino verdadero no se ajusta a la descripción, mata porque sí, y el sinsentido contribuye a la angustia. No le hace falta ser un psicópata recontra rayado y evidentemente edípico y afeminado como Norman Bates para cometer los peores crímenes. El mal nunca es más monstruoso que cuando no es monstruoso, cuando está absolutamente mezclado y confundido con lo más trivial, con lo “normal”. El inocente es casi tan desagradable como el culpable y además es violento: visual y gestualmente (y eso es lo que hay en una película) la línea que separa el bien y el mal nunca fue tan endeble.
Lejos de la elegancia de Notorious, en Frenzy hay una serie de personajes feos, mujeres maquilladas horriblemente, cajones de verdura en primer plano y un Londres de callejones sucios y río contaminado donde lo que predomina es la vulgaridad: Hitchcock sin Hollywood y sin Código Hays. Es un mal trago que vale la pena.

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