500 días con ella / Marc Webb / 2009 / Estados Unidos
El cine se la pasa irremediablemente imitando a la vida, pero no pocas veces la vida imita al cine o, mejor dicho, construye una vida con su ayuda. Sin lugar a dudas las películas tienen cierta responsabilidad en mi afición por el cigarrillo y en varias de mis nociones del mundo. La historia de amor inconcluso que cuenta 500 días con ella está plagada de esas convicciones nacidas de la pantalla. Los mitos contemporáneos que impulsan las verdades de personajes sensibles como Tom (Joseph Gordon-Levitt) se desprenden de los productos culturales que pueblan la película para dibujar un mapa de referencias. Según la voz en off que se encarga de presentar a los personajes, la idea de Tom sobre el amor se origina en la exposición temprana al triste pop británico y a una interpretación errónea de El graduado. La música y la televisión también hacen su trabajo. Todos juntos, además de edificar en él un concepto de amor, se ocupan de cartografiar un pasado con los puntos de contacto necesarios para hacer de una mujer la elegida, o como la llama Tom, “the one”.
A esa idea de destino afincada en las elecciones de consumo cultural es a la que apela el protagonista para hacer visibles los hilos cósmicos que unen a dos personas. Es de esa idea que va a aprender a despegarse a lo largo de la película. 500 días con ella funciona como una historia de aprendizaje, como un manual de amor que no se dedica a destruir la idea de destino sino la idea de destino ligada a las preferencias de consumo.
Apenas Tom ve entrar a Summer (Zooey Deschanel) a la aburrida sala de reuniones de su trabajo ya queda prendado de ella. Quizás hay algo en su vestimenta retro que le indique algo sobre sus gustos, pero nada demasiado claro como para quedar perdido de esa manera. La primera vez que Summer le dirige la palabra lo hace para decirle que ella también ama la canción de The Smiths que Tom escucha en sus auriculares. A partir de ese intercambio Tom se va a dedicar a forzar el amor con la búsqueda incesante de conexiones que declaren a Summer como la mujer de su vida. El auto fantástico, Ringo Starr, Bruce Springsteen, el cine, las disquerías le sirven para demostrarlo.
Para justificarse frente a su hermana menor enumera los gustos que comparte con Summer. Su consejera y quien parece ser el personaje que tiene las cosas más claras descree de esa justificación. Es ella quien puede ver desde afuera la relación y hay, tal vez, una eliminación del componente romántico en las generaciones más jóvenes. A pesar de su corta edad, a la hermana de Tom se la ve más práctica y directa, más afianzada en lo que él llama “relaciones modernas”.
La opera prima de Marc Webb, director de videoclips de bandas como Green Day, trabaja esas relaciones desde y en lo moderno. Los objetos se erigen como obreros de una identidad que se construye fragmentada de la misma manera que se cuenta la historia, saltando de un día a otro para mostrar los diferentes estados que atraviesa el idilio. Aunque es cierto que el cine y la música después de ser objetos de consumo se convierten en otra cosa, Webb no se aparta demasiado de la idea cuando pone a la pareja protagónica a jugar a la casita en Ikea (algo así como un Falabella cool y de diseño) rodeados de cientos de productos domésticos a los que les cuelgan los precios. Porque de cualquier forma, sólo el mercado tiene la fuerza necesaria para hacer que una chica de un pueblo de Michigan y un chico de New Jersey tengan una memoria o un pasado en común. Y es en esa memoria o pasado en común que Tom quiere sentar las endebles bases de una relación que cree moderna porque no necesita de etiquetas. Es lo que Summer le impone desde el principio, una relación sin demasiadas certezas. Para eso, este Quijote del siglo XXI repleto de contradicciones va a tener que luchar contra sus mitos románticos, dejar de creer en situaciones cristalizadas y moverse en un desierto de arenas movedizas.
Al final de la película los dos van a recibir su educación sentimental. Summer se va a topar con el amor del que descreía, aunque en los brazos de otro hombre, y Tom va a aprender a encontrar esos hilos cósmicos en otro lado, quizá en lugares menos visibles que no escapan al romanticismo del destino sino que le brindan bases más firmes.


Me cagaste el final… jeje aunque el chabón ya la había visto…
Buen post Martín,
saludos
Aunque la película no es santo de mi devoción, me interesa mucho tu texto porque encaraste la lectura desde una cuestión original y que me parece importantísima, y que es cómo se construye y circula una idea del amor romántico que yo llamo “adolescente” porque tiene que ver con el ideal, y que en algún momento, forzosamente, hay que resignar (aunque no del todo, claro) para crecer y acceder a la vida.
El ideal es violento porque es un molde previo en el que se trata de meter a una persona en lugar de descubrirla y quererla por sí misma; ayer justo miraba el documental de Zizek donde trata este tema a propósito de Vertigo. Ahí Zizek analiza cómo Scottie mortifica a Judy (si mal no recuerdo el nombre de la chica a la que habían contratado para interpretar a Madeleine) para tratar de convertirla en Madeleine, cómo la humilla en el proceso, y cómo, dios mío, recién cuando termina de convertirla en la amada muerta puede coger con ella. Tremebundo.
500 días tiene mucho que ver con la realidad y el ideal, por algo cuando Tom concreta con Summer sale a la calle y de repente está en un musical, por algo cuando está todo mal con ella la realidad se desintegra. En fin, podía haber sido una gran película.
Cuando salé triunfante, antes del musical, se mira en una pantalla en la que aparece Han Solo como si fuera un espejo. No lo pude meter en el post pero me parece que eso y el musical dejan todo bien claro.
Hay una escena de El ladrón de Orquídeas en la que los hermanos gemelos Charles y Donald Kaufman (interpretados por Nicolás Cage) discuten, y el obsesivo protagonista, Charles, le recrimina a su hermano que una vez en la secundaria lo vio declararle su amor a una chica y que Donald no fue consciente de su patetismo cuando la chica se rio de el a sus espaldas. El le contesta que si, que sabía que se había reído, pero que era problema de ella, que su amor, lo que el sentía, era de el y que el podía amar lo que quisiera, y la lección que el hermano tonto le da al talentoso es que “vos sos lo que amás no lo que te ama”. Ese lema parece tener incorporado Tom en 500 días con ella, aunque la voz en off no se haya dado cuenta.