
Porque el mundo está hecho de ideas, de ideas hechas palabras que se dicen, que se creen y que muchas veces no nos da el cuero para llevarlas a la acción. Y porque Rohmer lo entendió más rápido que tarde y decidió hacer de esa traición la materia prima de su cine.
Porque en la lucha salvaje entre el deseo y la culpa se debate cada paso humano. Porque Rohmer nos puso a pensar si sucumbimos a la tentación y pasamos la noche con Maud, miramos de reojo la rodilla de Clara o mordemos el polvorón de la panadera de Monceau. Sus tramas son pruebas tanto para los protagonistas como para el espectador.
Porque las cosas son lo suficientemente complicadas en la cabeza y en el corazón, y por eso no hace falta que lo sean en las imágenes. Porque la vida en las películas de Rohmer se ve como es, al natural, cerca de la playa, entre viñedos o en un departamento de París. Porque un director tiene que estar muy concientemente presente para que todo en la patatalla sea tan real que él mismo parezca ausente.
Hoy nos enteramos de que se murió Eric Rohmer, y por todas estas cosas y otras que con el apuro no se nos ocurren, estamos tristes. Pero como él, creemos en la trascendencia, así que no le decimos adiós sino hasta luego, nos vemos en cualquier momento, cuando volvamos a mirar cualquiera de sus películas.










Justo estaba mirando La dama y el duque cuando me enteré de que se había muerto. No me pone triste, me pone otra cosa, me conmueve, pero yo creo que una vida vivida hasta el final, como decía Benjamin, y una obra como la de él, son para festejar, incluso cuando se terminan.
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