Invictus / Clint Eastwood / 2009 / Estados Unidos
Nelson Mandela sale de la cárcel y como presidente recién electo de un país que es un hervidero de resentimientos, desigualdad social, odios y pobreza, se pone el objetivo de hacer que blancos y negros puedan convivir más o menos pacíficamente, y de que se perdonen. Para esto va a usar el deporte y a hacer lo imposible por que el seleccionado nacional de rugby de Sudáfrica, los Springboks, ganen el próximo mundial. Esto no es la vida real, es una película de Clint Eastwood, y como tal, la composición está a la vista desde el comienzo: lo primero que vemos es un colectivo cruzando una calle, negros de un lado, detrás de un alambrado, y blancos jugadores de rugby del otro (no solamente negros y blancos sino también pobres y chicos de clase media-alta, pero eso aparece sólo como un subtema en la película). La tarea de Mandela es en buena medida que esos mismos cuerpos blancos y negros puedan estar juntos en el mismo espacio. Desde ese primer plano hasta el final, Invictus cuenta la historia de ese acercamiento fraguado –en la ficción- por un hombre.
La figura de Mandela –Morgan Freeman, sí, envejecido y frágil, con voz en off que recita poemas y todo- articula a los dos grupos porque él es el primero en acercarse a los blancos de diversos modos: habla con los funcionaros blancos del gobierno saliente y los invita a quedarse, consigue guardaespaldas blancos, se acerca a Francois Pienaar (Matt Damon), el líder de los Springboks, para compartir los secretos del liderazgo. Invictus es en cierto modo un homenaje a él, pero el relato más importante de la película pasa por mostrar cómo, por ejemplo, los ocho guardaespaldas del presidente –cuatro negros y cuatro blancos- sienten la misma incomodidad, la misma molestia física cuando se ven amontonados en un cuartito estrecho de la casa de gobierno, y cómo en cambio, a medida que los Springboks ascienden en la tabla de posiciones del mundial y el entusiasmo compartido va limando las diferencias, terminan jugando juntos al rugby en un jardín. Eastwood pone el foco en la mezcla, insiste sobre eso, y así construye una de las escenas más conmovedoras en la que se muestra a los Springboks entrenando con los chicos negros y pobres de una villa, todos sonrientes y divertidos después de la hostilidad y la desconfianza iniciales.
Como verán, el grado de candor de Invictus es altísimo. Altísimo. Son muchos los momentos calculadamente emocionantes de la película, desde la visita de Francois Pineaar a la celda donde estuvo Mandela hasta la multiplicación final de planos de la tribuna de Sudáfrica durante el Mundial, con blancos y negros agitando banderas y festejando a la par, y para algunos serán insoportables. Por otra parte, como en cualquier relato –por más “basado en hechos reales” que esté- es mucho lo que se soslaya. La cuestión de apelar al sentimiento nacionalista para unir a blancos y negros en una misma causa deja afuera otros temas que aparecen sólo al pasar, como la imagen de las villas de chapas donde viven los negros, o la extrañeza de la familia de Pineaar cuando les llegan las entradas de parte del presidente para ir al Mundial y se dan cuenta de que la invitación incluye a la sirvienta negra (pero la película no es tan inocente como podría parecer a primera vista, por algo se hace cargo de estas cuestiones).
Es en estos aspectos donde Invictus se aparta en buena medida del realismo que algún espectador ingenuo podría esperar de un relato que esté basado en hechos reales (podría esperar, digo, porque hace tiempo que se sabe que una cosa no tiene nada que ver con la otra). A Eastwood no le importa tanto mostrar la realidad como construir un relato utópico, de un utopismo que cobra fuerza por el hecho mismo de hacer base en la historia. El relato de Invictus no tiene matices, y en cambio tiene tanto de blanco y negro como los personajes que quiere acercar: es bueno convivir y perdonarnos, es malo ser prejuiciosos con el que es diferente y guardar rencor por el pasado. El carácter simbólico al que aspira el relato está condensado en una de las últimas imágenes, un plano cerrado sobre una mano blanca y una mano negra que sostienen juntas la copa de la victoria. Habría que pensar si esa falta de matices y esa simplificación no serán siempre intrínsecas y necesarias al símbolo y a la utopía. No importa preguntarse si la realidad es tal como la muestra la película porque Invictus es más una proclama que un reflejo de nada, y porque de todos modos el espectador atento puede sentir, cuando sale da la sala en la que asistió a una verdadera fiesta -con un rugby filmado maravillosamente, puro sudor, gruñidos y cuerpos pesados-, que la realidad es diferente, y que tal vez en la amargura de esa constatación se cifra todo el potencial utópico de esta película.


Muy lindo texto, Marina.
Paso a citarte: “Son muchos los momentos calculadamente emocionantes de la película, desde la visita de Francois Pineaar a la celda donde estuvo Mandela hasta la multiplicación final de planos de la tribuna de Sudáfrica durante el Mundial, con blancos y negros agitando banderas y festejando a la par, y para algunos serán insoportables”.
Me incluyo, decididamente, en ese “para algunos”. Es que admito haber perdido toda emoción durante esos instantes (y quizás durante otros también).
Saludos!!!
EV
Me parecio una pelicula correcta, pero yo de Eastwood espero un algo mas siempre. Incluso Million Dolar Baby, pelicula que no me gustó, me parecio mas jugada e interesante que Invictus.
Igual, no puedo tirar abajo a una pelicula que al fin le da bola al Rugby, que es un deporte mucho mas cinematografico que el Futbol Americano que tantas veces muestran los yanquis. Los partidos estan bien filmados, salvo cuando se hacian los paneos generales del estadio, donde es muy notorio la digitalizacion de publico en las tribunas. Parecia mas un juego de Playstation 2!!
Y una queja insignificante, pero queja al fin; El actor que hacia de Jona Lomu me parecio nada que ver con el original, que es mucho mas corpulento fisicamente. Hasta le llevaba dos cabezas a Pineaar.
Justamente es en ese final conciliatorio (ese “clima de fiesta” que menciona Marina) en donde la película se termina de caer por completo. Si hasta allí fue pura sobriedad y fluidez, la torpe secuencia del decisivo partido contra los All Blacks (con una cámara lenta indigna, una definitiva concesión del clasicista Eastwood a los modos más convencionales de la emoción forzada), anticipa el tono celebratorio en el que no hay el menor resquicio para la duda en esa dudosa fiesta en la que los policías que horas antes hubieran arrestado y torturado al chico negro compartan con él un vaso de coca. No hay ni una mirada de Mandela en su auto, ni un gesto de sus colaboradores que refute esa alegría o que se permita ponerla en cuestión o postular su caracter esencialmente provisorio. Es curioso que Mandela, que durante toda la película aparece diseñado como un estadista, se entregue tan rápidamente a una fiesta pasajera sin cuestionarla. Bajo la invocación repentina de la película, Mandela deja de ser un hombre íntegro con una tarea titánica por delante para convertirse en una especie de mago que ha resuelto los problemas del país en un rapto de inspiración y que enseguida se pliega irresponsablemente a los festejos.
Bueno, lo que pasa es que yo pienso que con esa última escena la película se termina de desprender del “hecho real” y se transforma en otra cosa (que para algunos puede ser mucho más burda, por supuesto, y tal vez tengan razón). Digo, porque ese final ya es claramente una especie de expresión del triunfo de la convivencia racial, por eso señalé ese plano de la copa sostenida por las dos manitos, una imagen que por sí misma -y la cámara la recorta del resto- es digna de una estatua de esas bien feas que hay en las plazas.
A mí lo que me molestó en serio en esa secuencia es cómo se insiste sobre la madre de Pineaar abrazando a la sirvienta negra, cuando poco antes habían puesto una cara de extrañeza-casi-espanto al ver que tenían que viajar con ella (está claro que si era por ellos la dejaban). Alguien señaló, en una crítica que leí por ahí, que no es tan homogéneo ese final porque aparecen, por ejemplo, un guardaespaldas blanco y uno negro que se están por abrazar y finalmente sólo se dan la mano.
Bueno, a mí me encantó la película igual.
Y sí, Ezequiel, me acordaba de vos cuando escribí esa frase, porque tenés razón.
Es que está muy bien que el guardaspaldas negro y el blanco (solo) se den la mano. Antes se hubieran matado a cadenazos pero entienden que la marcha de los tiempos los puso en un lugar de responsabilidad mayor y reconocen la nobleza intrínseca del trabajo bien hecho. Más que celebrar el triunfo de Sudáfrica, se felicitan mutuamente por la labor cumplida. Es la sobriedad a la que aludí antes pero a la que la película no termina de hacerle justicia. Esa idea del reconocimiento entre los dos hombres me parece mucho mejor que la de los odios entre opresores y oprimidos borrados de un plumazo merced al deslumbramiento emotivo producto de una “justa deportiva”. Porque ese deslumbramiento es esencialmente efímero pero la película no se hace cargo de ello.
Acá me pasaron una nota interesante sobre el rugby en Sudáfrica:
http://www.canchallena.com/1226359-invictus
Yo creo que el “deslumbramiento es esencialmente efímero” porque se trata de un festejo. La fiesta es una pausa en lo cotidiano y como toda pausa dura poco. Por eso los planos de las calles de Sudáfrica postpartido no me molestaron, porque se quedan ahí, en ese desvío momentáneo. Guste o no la película, esas imágenes son un desprendimiento de todo lo que vimos las dos horas anteriores. Al final, cuando muestra a unos negros jugando al rugby, casi de la misma manera que al principio jugaban al fútbol, parece que la película tratara mucho más sobre el acercamiento de una clase social a un deporte (o sólo sobre un deporte) que sobre un proceso de integración nacional. Supongo que Eastwood quiso hacer un poco de la dos cosas, pero que quedo con la ovalada.
Qué buenas que son las notas de Fernández Moores!
Marina: me quedé atrapado (y sin salida) en ese grupo, no hay caso. Y recuerdo que lo habíamos hablado por FB, es cierto. De todas maneras, entiendo tu apreciación sobre la película. Impresión que queda muy bien explicada y jutificada en tu texto.
Santiago: tu referencia es muy acertada. Y te puedo asegurar que son imágenes que remiten automáticamente a aquellas vistas en una PS3 o una X-Box 360 (o sea: específicamente en aquellas “máquinas de última generación”). La verdad: esas imágenes me siguen pareciendo horrorosas, estéticamente hablando.
Saludos!!!
EV
Martín: cuando ese “deslumbramiento efímero” es el final de la película no se nos invita a suponer que la tragedia sigue después de esa breve pausa. Quiero decir, la película congela ese momento de mágica conciliación. Un tipo tan pramático como el Mandela que se nos presenta en la película no podía ignorar el caracter contingente y transitorio de ese momento. Bastaba una sola mirada seria de Freeman para que la película diera un vuelco, para que el cuento de hadas quedara refutado. Pero esos gestos faltan y la película prefiere abrazar su propia fábula.
Claro David, por eso yo digo que ahí, Invictus gira para un lado distinto, que yo llamé utópico o simbólico. Es en ese momento donde el relato levanta vuelo de la realidad y se congela en una propuesta: “¡Hermandad! ¡Tolerancia!”. Esto me parece claro y acuerdo con vos, sólo que a mí me molestó menos.
Sí, sí, pero es raro que un tipo como Eastwood, cuyas películas nunca han pasado por alto el modo en el que funciona el mundo (incluso en sus comedias: vean si no Space Cowboys), decida entregarse tan despreocupadamente a ese optimismo sin fisuras que termina proponiendo Invictus.
¡Jaja, es cierto! ¿Será la vejez? ¿Un poquitito de demencia senil? ¿Un chochear un poquito? ¿Se olvidó de tomar la pastilla? ¿Se enamoró durante del rodaje de Morgan Freeman?
No sé, David, estoy bromeando, pero es complicado esperar que los directores, o cualquier artista, hagan siempre lo mismo. Yo lo que más detesto de él es cuando Hillary Swank se muerde la lengua en la cama del hospital en Million dolar baby.
Y Space Cowboys me da mucha ternura, ¡esos viejitos de astronautas!
Cuando dije “pero que quedó con la ovalada” quise decir “pero me quedo con la ovalada”, me quedo con el rugby. Yo, no Eastwood. Estoy chocheando como el viejo.
Che, para cuándo la nota de Paola en contra?
Seguro que Paola va en contra, también esperamos la de Paola en contra de Copacabana
Jajaja, sí, me imaginaba que la cosa sería así respecto de Eastwood. Lo de Copacabana me toma un poco por sorpresa. Pero como no la vi, no opino.
Queridos amigos, les voy a deber mi crítica destructiva sobre Invictus. El combo Eastwood + mensaje de fraternidad y camaradería es letal para mi fragil estabilidad psíquica.
A lo mejor con Rejtman me meto, para despuntar el vicio.