La Tigra, Chaco / Federico Godfrid y Juan Sasiaín / 2008 / Argentina

La Tigra, Chaco no nos cuenta mucho del pasado de sus personajes, apenas unos datos sueltos, un poco menos que lo indispensable para saber más o menos quiénes son y de dónde vienen o porqué están ahí. Cuando termina, tampoco tenemos muchas certezas sobre sus futuros; la película está formada solamente por momentos entre paréntesis, una colección de palabras, gestos e imágenes sencillas, pero necesarias y significativas.
Su historia se cuenta mientras Esteban espera. Volvió a su pueblo para “arreglar algunas cosas de Buenos Aires” con su papá pero no lo encuentra porque éste anda por la ruta trabajando de camionero. Y mientras espera, se reintegra a la rutina cansina y chaqueña de La Tigra, se reencuentra con sus familiares y con un antiguo amor de adolescencia que parece seguir vivo en la actualidad.
La cámara de Juan Sasiaín y Federico Godfrid se sitúa lo suficientemente cerca de los personajes como para captar al detalle cada uno de sus gestos y reacciones, para lograr esa familiaridad que hace que el espectador comparta el momento que están viviendo. Pero al mismo tiempo, toma una distancia pudorosa, no los invade. La cámara trabaja para los actores y no los actores para la cámara, ésta los registra pero no interviene, se pone al servicio de la escena con un respeto que podría hacer sonreír en su realista tumba al viejo Bazin.
En La Tigra, Chaco no hay folklore, folklore entendido como el costumbrismo que se mira con los ojos extrañados del extranjero. Pero sí hay tierra, idiosincrasia, música y ruidos del lugar. Cada escena de la película incluye el paisaje, con todo aquello de lindo y de feo que implica. Desde los cacharros roñosos que se apilan en los patios de pueblo, e polvo de los potreros hasta los tonos de atardeceres al aire libre. También están muy presentes los sonidos propios del campo, los grillos, las gallinas cacareando o la guitarreada que anima una fiesta con mucho vino en una sociedad de fomento. Pero todos estos elementos no dan la sensación de haber sido incluidos para “dar color local”, sino que están porque estarían presentes en cualquier momento que tenga lugar en el pueblo donde se desarrolla la historia.
Las actuaciones también son cuidadas, desde las miradas parlantes de los protagonistas, Ezequiel Tronconi y Guadalupe Docampo, hasta el histrionismo de entrecasa de Ana Allende. Incluso la aparición de verdaderos habitantes de La Tigra son naturales, ninguno desentona ni arruina el resultado final, aunque se hayan disfrazado de actores que hacen de ellos mismos para participar en la película.
Como dije antes, no sabemos nada de los personajes, pero al instante de presentársenos, parecería que los conocemos. Nos pasa como con esos viejos amigos o familiares con los que no nos hacen falta más que una simple mirada o un tono de voz para saber qué están pensando o cómo se sienten, y en ese reconocimiento y en esa cercanía radica el mérito principal de la película.
No es un descubrimiento que el cine tiene magia, y en La Tigra, Chaco un grupo de gente encontró la fórmula para contar una historia de amor de una manera sencilla, y que el hechizo surtiera efecto.
(La Tigra, Chaco se exhibe en Artecinema, Salta 1620 y todos los viernes y sábados a las 20 hs en el Malba, Av. Figueroa Alcorta 3415)










Pao!!!Hace rato que no voy al cine.Por lo que contás, ya decidí que voy a ir a ver!!!!!
Gracias!!!
Besos
La película me pareció super disfrutable, y mayormente acuerdo con lo que decís. Sí me pregunto donde está el punto en que ese “no sabemos nada de los personajes” se convierte en un “no hay nada para saber”. Digo, porque lo mismo puede decirse de Todos mienten, por dar un ejemplo bien drástico, en la que no sabemos nada de los personajes ni de nada, y yo me pregunto si eso siempre es una virtud de la película, o si en esa falta de información y de signos para interpretar no hay que leer a veces una pobreza que es directamente un defecto. Me pregunto, eh.
Creo que la prescindencia de información se vuelve una virtud cuando el resto del relato no sufre con su ausencia, cosa que creo que pasa con la historia de amor de LTC.
Como decía más arriba, no necesitamos saber quiénes son ni que hacen los protagonistas para entender qué les está pasando y qué estan sintiendo en los momentos que si presenciamos en la peli. La poda de datos superfluos no vanaliza ni empobrece el relato, sino que lo vuelve despojado, preciso y aún más intenso.
Lo que a mi modesto parecer en Todos mienten era hermetismo tilingo y perezoso, acá es sencillez y sobriedad. Pero como todo, va en gustos, no?
No se sabe nada de los personajes porque no hay nada que saber, importa lo que pasa aquí y ahora (la carnicería, la calle de tierra y la pelota, los chismorreos en la puerta, el baile del pueblo), en la vida de un pueblo intrascendente con la mayoría de los pueblos del interior, donde la gente tiene que migrar para saber “lo que está pasando”, muy lejos de sus simples rutinas. Y lo que le pasa a cada lugareño todo el mundo en el pueblo lo sabe, por eso no hay necesidad de saber nada de los personajes.
Lo que me pregunto es porqué hay tantas películas de nuevos directores donde el interior es EL TEMA, porqué despierta tanto atractivo?