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Simpatía por el demonio

El imaginario mundo del Dr. Parnassus / Terry Gilliam / 2009 / Inglaterra

parnassus

Un carromato atravesaba Londres ofreciendo una atracción de feria, un viejo tenía o aparentaba tener poderes no demasiado claros. Algunas personas de mal talante trasponían un espejo mágico y se metían en un mundo raro, un poco violento, pero que no se entendía qué era. Mientras tanto yo estaba en problemas y pedía a gritos (internos, para no escuchar chistidos de mis compañeros de sala) que alguien me explicara qué era lo qué estaba viendo, qué cuernos hacía el Doctor Parnassus mientras parecía estar en trance y sobre todo, a dónde iba a ir a parar el argumento de esta película, si es que existía.

Después, muy trabajosamente, la cosa se fue despejando y supe un poco de qué se trataba El imaginario mundo del Dr. Parnassus, la última película de Terry Gilliam. Entendí que el mentado Parnassus (Christopher Plummer, luciendo unas arrugas majestuosas) era un hombre inmortal y que tenía trato bastante frecuente con el diablo. También a las cansadas me enteré de que uno de esos acuerdos consistió en un canje por el cual Satán lo rejuveneció para que pudiera levantarse a una chica a cambio de que, en el caso de tener fruto de esa unión, entregara el alma de su hija a los poderes del averno cuando cumpliera dieciséis años. Perder a su hija y vivir para siempre eran los dos grandes problemas que acosaban al héroe y que lo llevaban a la bebida y a una constante sucesión de apuestas con el mismísimo Lucifer.

Ya más tranquila y presintiendo que la cosa venía por el lado de Fausto, pude abandonarme al disfrute de una película tan caprichosa como oscura. Caprichosa porque nada era seguro mientras transcurría. Cualquier cosa podía suceder, desde que los protagonista cambiasen de cara (el finadito Heath Ledger se transformaba en Johnny Depp, Jude Law y Colin Farell cada vez atravesaba un espejo mágico) hasta la creación de mundos inexistentes y freudianos en que el bien y el mal luchaban por saber quién se ganaba un alma.

En El imaginario mundo del Dr. Parnassus también la dirección es arbitraria, llena de planos en gran angular donde la idea es meternos, sin necesidad del 3D, en esos lugares inventados. La cámara recorre esos territorios, pero en el momento en que nosotros nos sentimos seguros y adoptamos su visión, hace un movimiento brusco y nos deja desubicados, tan extrañados como los personajes que alucinan ese momento. Al estilo de filmación se le suman algunos detalles más que hacen de El imaginario una película por sobre todo oscura. En primer lugar por el dato necrófilo: sabemos que Heath Ledger murió a mitad de la filmación y hubo que hacer malabarismos extraños con la trama para que poder terminarla. Al respecto, tengo que confesar que me produjo una mórbida fascinación ver actuar a un hombre que sin saberlo estaba terminando sus días, contemplarlo en su despedida involuntaria, ver en presente a alguien que ya es puro pasado.

También hay algo de oscuridad en las ideas que rondan el film. Allí la moralidad de los personajes es dudosa: todos tienen momentos de debilidad y ropa sucia que esconder, si no es en el pasado, es en sus fantasías, ese mundo privado que nos lleva muchas veces a lugares poco confesables. Ni siquiera los héroes resisten allí que les revisen los archivos, y el discurso del film parece decir que esto no está tan mal. Las acciones que representan el bien no son tan probas ni las villanías tan abominables, y menos aún lo es Satán, que en los zapatos de Tom Waits es pura maldad, picardía y elegancia.

Es entonces que la ambigüedad narrativa y axiológica de la película (que ya parece ser marca registrada de Terry Gilliam) nos deja un poco alucinados, confundidos y permisivos con las elecciones éticas. A fuerza de caos e imágenes sensuales nos quedamos pensando que capaz no es tan malo dejarse caer en el maravilloso mundo del Doctor Parnassus en el que las tentaciones toman el cuerpo de Johnny Depp, Jude Law y Colin Farell, y donde a las almas castigadas nos recibirá como anfitriona del fuego eterno la sonrisa torcida de Tom Waits.

Posteado en Estrenos.

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4 comentarios

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  1. santi dice

    Me parecio una levantada de Gilliam en comparacion con sus ultimas peliculas (en especial la horrible Tideland). Es totalmente exagerada y desprolija, o sea, una marca registrada del director, pero al mismo tiempo ese espiritu desaforado la hace apasionante. Hay dos cosas que no le juegan a favor. Una es el exceso de efectos digitales dentro del Imaginarium, que parecen salidos de un protector de pantalla de Windows 98, lo que demuestra que Gilliam es mejor cuando utiliza efectos practicos y hechos a mano como en sus epocas con los Monthy Python. Lo de Ledger y sus reemplazantes fue una jugada que no le salio mal, aunque al final su personaje pierde dramatismo al ser interpretado por otro actor (por mas que Farrel haga una buena imitacion de Heath).

  2. Aldo dice

    Gilliam parece conciente del desconcierto que causan los primeros minutos de la película y se apura a anunciarnos calma en cuando Parnassus le dice a un policía: “No se preocupe si no entiende nada de esto inmediatamente”. Entonces la complejidad se queda ahí, luego se va decantando, más allá de algún recreo surrealista.
    La de los suplentes de Ledger no era mala idea, de hecho funciona cuando aparece Johnny Deep. Pero la verdad meter tres tipos en el último tercio de la película termina siendo algo insostenible.

  3. Paola dice

    A mí me hubiera gustado un guión un poco más riguroso y que no deje tantas puntas sueltas, hubiera subido un par de puntos en mi grado de disfrute. Sospecho que esta vaguedad tiene más que ver con la indolencia o la impericia que con una decisión estética…. o capaz yo soy un poco lenta de entendederas y le tiro el fardo al pobre Guilliam…

    Lo de los tres galanes sustitutos no me molestó, al contrario la abundancia de cambios me gustó por zarpada, x llevar la idea al extremo.

    Saludos!

  4. el señor b. dice

    pelicula sin ningun sentido, sin casi ninguna gracia y sin casi ninguna buena idea. caprichos, nada mas que caprichos.



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