Mary and Max / Adam Elliot / 2008 / Australia
Mary and Max es una película maravillosa, mitad gris mitad marrón, con un humor corrosivo y personajes entrañables. Mary es una nenita australiana un poco fea y de anteojos que tiene una mancha de nacimiento en la frente y ojos color de charco (así, con ese lenguaje, se la presenta). Max es un solterón gordo y judío que vive solo en un departamento sórdido de Nueva York. La mitad-Mary de la película es marrón, que es el color favorito de la nena, junto con otras cosas favoritas como el chocolate y la leche condensada que le ayudan a soportar al padre freak y la mamá borracha. La mitad-Max es implacablemente gris, acorde con la vida de este personaje que no entiende a los seres humanos y ni siquiera sabe cómo interpretar gestos faciales. Solitarios los dos, se conocen por correspondencia, y la película es la historia de cómo esa amistad los cambia. La mitad-Mary y la mitad-Max se encuentran en un solo plano, imaginario, que es de los dos colores (y un ratito al final, pero no quiero adelantarles eso). Mary and Max está llena de estos momentos sorprendentes. Son vidas tristes contadas con un humor salvaje que es capaz de reírse de lo más dramático con terrible inteligencia, además de que la fluidez en la presentación de los personajes y el intercambio de relatos carta va carta viene es ejemplar. Hasta que descarrila. Porque los años pasan y la catarata de desgracias, que no para de aumentar, culmina en ese plano que es el colmo del golpe bajo: Mary, sola, fea, fracasada, deprimida, está subida a un banquito con un frasco de valium en la mano y una soga al cuello, y se nos muestra como con rayos X que en la panza lleva un feto mientras suena “Qué será, será”. Después queda mucha desgracia por venir. Sobre el final me imaginé que desde arriba estaba por aparecer un zapato gigante, el del director, para aplastar de un pisotón a sus personajitos de masilla. Lo divertido es imaginar a un señor padre diciéndole a su señora esposa, mientras planean el fin de semana con los chicos, “Querida, ¿y si vamos a ver una de dibujitos?”.
Viernes 16 a las 23 / Domingo 18 a las 12.45
Alamar / Pedro González-Rubio / 2009 / México

Puede ser que Alamar sea la mejor película que vi en el Bafici. Lo que es seguro es que es una de las que me sorprendió, y mucho. González-Rubio trabajó con una familia real en un lugar real, como La pivellina y Constantin and Elena (las tres son buenas). Se ve que hay una tendencia a hacer estas películas modestas, tiernas, con personas reales y una fotografía maravillosa. ¿En qué se diferencia entonces Alamar, que en su simpleza puede parecer más de lo mismo? Bueno, en lo que va de este Bafici nunca vi la materia filmada como es filmada acá. Todo lo que hay para contar está contado con materia. La historia del padre que pasa un tiempo con el hijo, antes de que el nene vuelva con su madre que vive en Italia, no se dice: lo que está son los cuerpos. El chico y el papá están en cuero y en patas toda la película (tienen una piel color marrón en la que se destacan los mínimos esfuerzos), y más que nada juegan y trabajan. Mientras tanto algo pasa. Pero para ver eso que pasa, hay que mirar con muchísima atención la manera en que el nene le pone la mano en la panza al papá cuando trata de tocarlo al principio, alejándolo, cómo juegan después a la lucha en el piso y ahí cambia algo, cómo el padre le sostiene la cabeza en el primer viaje en bote, doblándose él mismo en una posición incómoda. Cuando se meten en el agua juntos, cerca del final, sabemos que por dentro se levantaron y tiraron muros, se limaron fricciones, se construyó un amor. Pero la particularidad de esta película es que trabaja con procedimientos más poéticos que narrativos. Me acuerdo, y ya no creo que se me borre, de un plano relativamente largo donde se ven los pies del chico y del papá mientras bajan un tronco con mucho cuidado, los músculos tensos y aferrados a lo natural (que sostiene la historia), esos pies más oscuros y menos oscuros, de hombre, de nene, que después de haber luchado ahora están pararelos, van juntos. González-Rubio lo registra de cerca, nos sube al bote cuando salen a pescar y nos sienta a la mesa a comer pescado frito, porque la nitidez para filmar con precisión la materia y los detalles -la precisión es la belleza- hace que acá seamos parte de una experiencia. Por eso cerca del final, cuando el nene dibuja todo lo que vio en esos días, incluida la cámara (es decir, la película) en una hojita y la mete en una botella que se va del plano muy despacio mecida por el agua, sabemos que en esa botella también vamos nosotros, que estuvimos ahí, y que por fin, con los ojos colmados de celeste, debemos despedirnos.







Acabo de ver Mary and Max (bajada por Internet) y coincido con tu comentario Marina. Es preciosa desde lo visual y lo narrativo, pero my god, que historia deprimente! Igual es muy linda pese a eso, y me sorprendio saber que Phillip Seymour Hoffman hacia la voz de Max, ya que suena mucho mas viejo que su voz natural.