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Esto es un festival

BAFICIbingo

El ñoño cinéfilo se guarda una semana de vacaciones para el mes de abril. Desde los últimos días de marzo entra insistentemente a cierta página de un festival de cine para ver si ya subieron la programación. Si no la pusieron, sufre. Cuando la programación aparece, dedica horas y cálculos matemáticos variados a leer títulos, duración, director y sinopsis de las películas y planificar con extremo cuidado la estrategia para ver la mayor cantidad posible en los doce días que dura el festival sin enfermarse, cosa de no tener que pedir una semana más en el trabajo y guardarla para el festival que viene. El día que se empiezan a vender las entradas está marcado con rojo en su calendario.

Para cuando ese día llega, después de intercambiar rumores, chimentos y bocas de urna con otros rivales de la tribu, ya tiene preparada su planilla de Excel donde diseñó en una grilla los próximos días de su vida. La planilla está impresa y ya gastada de tanto manoseo después de días de viajar en el bolsillo cinéfilo cual documento nacional de identidad y pasaporte todo-en-uno, sin mencionar que la ha sacado aspamentosamente en más de una oportunidad para exhibirla orgulloso y amedrentar a todos con su celo incomparable (el subrayado en amarillo fosforecente indica las funciones que ya están agotadas; el celeste, aquellas obras que han sido calificadas por los recomendadores -otra especie de la misma fauna- como “imperdibles”).

Ahí lo tenemos entonces al cinéfilo, parado en una cola durante dos horas en la que se escuchan palabras sorprendentes como Xiao Chaw Fan y Olatunde Awolawa, y frases como “¿Vos cuántas vas a sacar?”, “¿Vos cuántas viste el año pasado?”, cual dos varones que midieran otras cosas en prueba de su hombría. El cinéfilo sufre, se tortura, se reconcome, goza como un monje penitente con el relato de sus peripecias, siente orgullo. Después, bandadas de individuos de esta calaña harán de las veredas y escaleras del Abasto su hábitat provisorio, desplazando a floggers, cumbios y otras tribus urbanas a golpes de catálogo. Con ellos nos confundiremos, entre esta fauna andaremos camuflados para traerles cotidianas semblanzas de la fiebre festivalera, disimulando el entusiasmo y la emoción provinciana para el mundo exterior, porque después de todo, la cinefilia no se lleva en vestimentas de diseño sino en el corazón y en la planilla de Excel que asoma en el bolsillo.

Posteado en Festivales, Independiente.

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3 comentarios

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  1. Paola dice

    No me dejen afuera!! yo soy la ñoña cinéfila despelotada. No sé manejar el excel, anoto todo en un cuadernito rivadavia de tapa roja. Marco películas que tacho para después volver a escribir. Superpongo una función con otra, corro entre sede y sede y a veces termino viendo lo que dan o nada.
    También tendrán las crónicas de esta descerebrada que oscila en esta semana entre la glotonería voraz y la desidia abandónica sin solución de continuidad. Mi bafici es un bingo, así que después les cuento cómo me fue.

  2. Martín Stefanelli dice

    También hay casos en los que cuando le preguntan cuántas entradas compraron dicen a los cuatro vientos que ninguna porque están acreditados y van a ir a las privadas.

  3. Marina dice

    Prrrrrrrrrrrrrrrr! :P



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