
A estos chicos no les gusta jugar con petardos. Si tengo que pensar un juego para definir más o menos lo que se pone en escena en Todos mienten y en El pasante, pienso más bien en algo como jugar a los pases, ¿se acuerdan? Nos poníamos en ronda y todo se trataba de pasarle la pelota al de al lado, y así y así y así. No era muy divertido. Los más salvajes se copaban con la matanza, ahí te podían poner un pelotazo en serio, corría cierta adrenalina. El pasante es la película de Clara Picasso que se presentó la semana pasada en el Bafici, y acá, me hago cargo de lo grueso del asunto, la estoy metiendo en la misma bolsa con Todos mienten de Matías Piñeiro, y tal vez también con Castro de Alejo Moguillansky. El pasante y Todos mienten son muy parecidas visualmente y en el tono a Secuestro y muerte de Filippelli (todas con fotografía a cargo de Fernando Lockett) y son películas contenidas, de encuadres perfectos y colores pastel, de personajes parcos, sin momentos catárticos, sin drama. Vean este plano de El pasante: en un hotel lujoso, la cámara toma en escorzo un pasillo que se pierde entre paredes altas revestidas de piedra color beige. A cada costado del plano queda un florero enorme de color dorado, uno con flores blancas y otro con amarillas. Por ese pasillo desaparece el personaje mientras el plano se queda unos segundos fijo en el lugar, y a la directora le gustó tanto ese encuadre que eso pasa dos veces. Pero la fascinación ahí no es con los personajes sino con el espacio y con la propia composición del plano, que por momentos parece importar más, como en el primer y sobre todo en el último plano de Lo que más quiero de Delfina Castagnino.
Secuestro y muerte se diferencia notoriamente en cuanto a la historia, claro, y en el final, por más que no se lo muestre (y es un acierto) sabemos que le están pegando un balazo en la cabeza a Aramburu. El pasante, lejísimos de la historia (por más que haya un amague de mostrar el mundo del trabajo, pero tampoco) pone a Ignacio Rogers a trabajar de botones en un hotel, adonde se hace amigo de la flaca recepcionista, mandona, con ojitos de ardilla. Al principio la película promete, especialmente cuando sale del espacio del hall y del bar del hotel, adonde están los empresarios, y se mete por pasillos, escaleras, ascensores, corredores sin revoque donde las cañerías están a la vista, para mostrar, como una reminiscencia lejanísima de Kafka en la manera de abrir puertas y sorprenderse con lo que está del otro lado (también en la actitud indiferente de todos) a los empleados tomándose los restos de champán de las botellas, probándose la ropa de los huéspedes, participando de su mundo, que en el punto de vista que adopta la película es el mundo, del cual el otro, el de los grandes empresarios, es subsidiario. Ojo, hay un problema con esto, porque al principio se nos muestra la entrevista de trabajo donde a Rogers se lo obliga a pasarse un algodón por la cara para demostrarle lo mal que se afeitó –los pedacitos de algodón se le quedan pegados- y sin embargo después está todo el tiempo con el mismo corte de pelo de adolescente desprolijo que tiene en Como un avión estrellado, en Excursiones y en la vida real, cosa que es absolutamente inverosímil. De todas formas hasta ahí El pasante me gustó, uno entiende que son chicos jugando a que trabajan y en el juego recorren un lugar interesante, sólo que hasta ahí llegamos.
Después, la huesuda recepcionista descubre una cartita entre la basura de una habitación donde aparece un despunte de drama mínimo, hace conjeturas sobre eso, fantasea un poquito, y con el pasante en cuestión en el papel de Watson desgarbado empiezan a jugar al detective. La cosa no pasa a mayores, porque la historia de amor y abandono sugerida en la cartita no era nada y porque en medio del juego los chicos están a punto de besarse y no se besan, después se besan un poquito, después no se besan más. Esto es importantísimo, casi lo más importante de la película, y se ve claramente cuando van a un spa que está dentro del hotel. Hay una pileta, silencio, varias reposeras. El mira el agua, hay un momento de suspenso, y todo parece indicar que el ambiente es propicio para el sexo, más que nada porque ella desaparece de pronto. Me acuerdo que ahí le dije al que estaba al lado “Estaría bueno que ahora aparezca desnuda y cojan”, porque se ve que había visto mucho Guiraudie. ¡Qué sorpresa cuando en efecto él la encuentra, un minuto después, tirada en una reposera, cerrándose una bata blanca sobre el pecho y con cara de pícara! Pensé que estaban romiendo el estilo, pero ella se abre la bata y debajo tiene…el uniforme del hotel. Negro. Formal. Se para, se ríen, se van. Pasó.

De eso se trata en este cine: son películas que trabajan con intensidades parejas, que no suben los decibeles. No está ese movimiento que prepara un nudo de tensión y lo resuelve. Por el contrario, esa intensidad monocorde que nunca se quiebra para que los personajes nos parezcan reales o humanos es la materia misma de la que están hechas estas historias, es lo que hay que pensar. Por eso fue sorprendente que al final los personajes de El pasante teorizaran sobre eso, en un diálogo transparente. El chico y la chica, en la terraza del hotel (parece que la teoría se hace arriba, mientras en los subsuelos se trabaja) hablan sobre las diferencias entre hombres y mujeres. Ella dice que el hombre conquista por medio de una acción mientras que la mujer seduce de manera constante, en algo que podría llamarse un “accionar”, y que eso está bueno porque cada uno disfruta a su manera. Como definición de la película de Clara Picasso, es perfecta (lástima ese relativismo tibio de pelar una teoría y al mismo tiempo decir con respecto a las poéticas opuestas “Todas están bien, no es mejor ni una cosa ni la otra”; afirmar lo contrario hubiera sido un verdadero pelotazo de matanza). Porque efectivamente El pasante es seductora, y mucho, aparte de que tiene poca acción y mucho de ese proceso de sugerir y retroceder constantemente que la protagonista describe como femenino. Hay algo del orden de la limpieza, la fluidez, la ausencia de tensión y de peligro que seduce en ella. Me imagino habitar un mundo así, y la verdad que me da escalofríos, porque eso implicaría, primero, nunca más tocar a nadie, y segundo, haber envejecido. Es bastante increíble que se pueda hacer una película con jóvenes sin juventud, pero se puede. Y esa película puede ser perfecta.
Entonces, si hay algo que caracteriza a esta serie de películas es la impasibilidad. En El pasante el deseo es apenas una mirada tibia, y el entusiasmo por investigar lo que se cree una historia de pasión se disuelve en la nada. En Lo que más quiero, una de las chicas esconde la cara en su larguísimo pelo para llorar, y el plano final de las chicas entre los árboles es tan simétrico que se termina teniendo la sensación de estar mirando un escenario construido con regla; la naturaleza es una foto perfecta y ellas son apenas dos figuritas perdidas ahí. En Somos nosotros de Mariano Blanco, esa impasibilidad cobra un sentido realista cuando se trata de representar a un grupo que vive sus pequeñas historias casi con abulia. Hay más calor en la escena del beso de La tigra, Chaco que en el diálogo entre María Villar y Esteban Lamothe sentados en el capó de un auto en Lo que más quiero, y ni hablar del beso frío que se dan después en un lago del sur que debe estar igual de congelado. La juventud está vieja, eso es lo que se ve en esta serie de películas que tienen personajes jóvenes, con distintos matices, claro, porque en Todos mienten y El pasante no hay más juventud que la del juego, mientras que en Somos nosotros despunta lo social cuando se muestran los trabajos de los chicos, el robo de la rueda de una bici o las vueltas por la ciudad, en círculos.
La impasibilidad de estas películas perfectas en las que la técnica está a la vista y por momentos aplasta, o directamente reemplaza, a lo representado, es algo que tal vez pueda pensarse como testimonio de una época, o que quizás debería atribuirse en ciertos casos a cuestiones de clase, en una explicación tentadora pero que no dice mucho de las pelícuals en sí (porque eso está, como dije, en el mundo artificial del trabajo que surge de El pasante, y sobre todo en una escena de Lo que más quiero en que la chica, que después de la muerte del padre debe ocuparse de un aserradero que piensa cerrar, convoca a los empleados para anunciarles el cierre y pagarles dos meses de sueldo, y uno de estos empleados, de espaldas, le dice que no puede aceptar el dinero porque el padre era un gran hombre que lo ayudó mucho, cosa que me dio vergüenza y que atenta no sólo contra el verosímil sino contra las leyes laborales). ¿Una cosa o la otra? ¿Las dos cosas? ¿Ninguna? Bueno, preguntas que dejó el Bafici –si alguien tiene una pista, se agradece. Como sea, es evidente que no se puede levantar la voz y que acá nadie juega con petardos, cuando hasta en una película sobre la juventud como es Ocio hay menos rock que en el bordado de una abuela, por más que haya canciones y camperas de cuero (no así en la novela de Casas, donde los pibes se ponen a vender merca, se dan con todo, uno casi se pasa para el otro lado en una noche tensa y finalmente el Roli entra en coma, está en terapia intensiva y se da a enteder que de esa no sale, cuando el narrador dice “Yo estaba vivo y él a punto de partir. Esa era la moneda”, cosa que no se entiende ni por asomo en la película, al punto que varios andaban preguntando por qué iba al hospital el pibe). En medio de todo esto vi a los sacados personajes de Guiraudie corriendo de un lado para el otro y pajeándose en el bosque, y una película rarísima donde una chica termina trepando una cuesta para llegar a la boca de un volcán que está en actividad y se la ve entre el humo, desesperada, indefensa, tirándose al piso para llorar y gritándole al cielo, en una isla que se llama Stromboli. En el contexto del plano fijo y los colores pastel, la chica en el volcán y ese final a todo trapo me llegaron como un vestigio super antiguo de otra época, ¡tan exagerada!










Marina, una sola cosa respecto de Ocio. Al margen de tu sorprendente homologación entre la ausencia de alusión alguna al uso de la cocaína por parte de Roli (de fuerte presencia en el libro, como bien comentás) y la supuesta ausencia de rock en la película (lo que decís de la abuela tiene su gracia, igual), me parece que en ese sentido la película corrige e incluso mejora en parte el relato del libro. Justo antes del final, que me parece muy bueno, la novela, montada en el teatro de esa especie de martirologio de Roli (si no me equivoco, Roli es retomado en un poema extraordinario de Casas que a su vez evoca a otro de Apollinaire en el que se describe un hospital de campaña en la primera guerra mundial con sus figuras sacrificiales de chicos heridos) se va decantando hacia un sentimentalismo que a mí me pareció un poco chapucero, un momento medio falso en una novela que me gusta mucho. A expensas de su claridad, la película Ocio decide resolver la cosa con unos pocos planos mudos muy hermosos, quizás algo confusos para el seguimiento del argumento pero en una consonancia perfecta con la austeridad del conjunto.
Abrazo.
Era para bardear, David, lo de la abuela. Igual me doy cuenta perfectamente de que cuando una película te gusta o te afecta le salteás lo que se te aparece como error, y cuando no, ponés el acento ahí todo lo posible. Ese es un momento de la película (el del chico en el hospital) inexplicable para el que no leyó el libro, y eso me pareció una torpeza en una película que por otra parte no quiere seguir al pie el relato de Casas. Pero hay una densidad de experiencia en la novela que a mí me interesa mucho, y que en la película no está. No hay afección. Sí una serie de signos -la foto de la madre, el silencio en la mesa- que intentan sugerir eso, pero que para mí no lo logran. Y eso, en el contexto de todas las películas argentinas que se vieron en el Bafici, me pareció algo para pensar.
¡Guarda que ahora se viene una crítica de Aldo a favor de Ocio!
La comparacion entre la novela Ocio y la pelicula me parece algo… complicado. Narrativamente me parece que se tomaron mas licencias de lo esperado, al punto que yo al haber leido Ocio hace bastante, y no haberme maravillado especialmente (Prefiero al Casas cuentista, mil veces el libro Los Lemmings), no recordaba para nada el argumento. Esperaba que al ir corriendo la pelicula iba a ir rememorando el libro, pero eso no ocurrio, cosa que si paso cuando vos contas lo de Roly.. de repente volvio todo el argumento a mi cabeza.
Pero a vos que tanto te gusta pensar las cosas en terminos de teoria… Al adaptar una obra literaria al cine… ¿que tiene que ser respetado? ¿El argumento o el clima? ¿Cual tiene que ser el objetivo del director? ¿Ponerle cara a los nombres escritos y funcionar de espejo de una obra ya escrita y cerrada? ¿O intentar por medio de las imagenes generar el mismo efecto, o al menos similar, que la obra que esta versionando?.
Yo me inclino mas por pensar que si la pelicula en lo “teorico” respeta al libro, poco importa si me cuentan que ellos venden droga o no. Lo “teorico” de ocio, de una juventud sin rumbo, con fuerte identificacion signos culturales de su generacion, y esa “afeccion” que vos decis que en la pelicula no esta.
Yo creo que todo eso en la pelicula esta. Saliendo del cine tuvimos con mi novia un pequeño debate sobre la diferencia de estilos entre la novela de Casas y la pelicula. Coincidimos en que Casas se caracteriza por verbalizar todo. Sea por narrador “en off” o porque un personaje “cuenta”, la accion y los “pensamientos” en las obras de Casas estan verbalizados. En la pelicula, salvo algunos detalles que yo me inclino a interpretar mas como guiños que como “fidelidad al original” (como el viejo motoquero o el amigo hablandole del comic), creo que los directores se inclinaron mas por un estilo de omision.
Mas cercano estilisticamente a un Carver, donde todo es contado con una frialdad y parquedad angustiante… y mas lejano del estilo compinche de Casas. ¿Eso esta bien o esta mal? ¿Fue una buena decision?. Y ahi vuelvo al principio de mi comentario. Si lo que se quiere es transmitir la misma “idea” que en al novela, poco importa mantener el estilo si el resultado es simil. Si lo que se quiere es reflejar a Casas, claramente fue un error.
Pero si elejimos esa segunda opcion… ¿De que serviria la pelicula? Tendriamos una pelicula que cuenta lo mismo que Casas, con su mismo estilo. ¿Que rol cumpliria el guionista q la adapto? ¿Y los directores? ¿No tienen que aportar nada de su estilo a la obra?
Dejando de lado las comparaciones con la novela, yo creo que la pelicula es buena. Confusa por momentos por el uso de la elipsis pero altamente efectiva. No se donde sentis vos la falta de afeccion, pero sinceramente a mi varias escenas, principalmente la ultima lograron ponerme incomodo. Me parece que usaron un recurso muy efectivo, mas explicito quizas hubiera caido en un sentimentalismo. Mas “rock” y “afeccion” quizas hubieran empujado a esta pelicula a una comparacion inevitable con las peliculas de Ezequiel Acuña, que hacen del rock y la afeccion su bandera. ¿Hacia falta otra pelicula asi? Cuando vi la ultima peli de Acuña si bien se nota que una mejoria con las anteriores me pregunte eso mismo. Si hubiese ido a ver Ocio, y hubiera encontrado una pelicula rockera y afectada… no se los hubiera perdonado.
Creo que la pelicula Ocio intento abordar una tematica similar a las peliculas de Acuña (retrato generacional), usando como trampolin una novela de Casas (como trampolin, no como pileta en la que nadar), y encarandolo de una forma diferente. Menos obvia, menos sectaria, menos afectada, y con muchisima menos pose. Los personajes de Ocio, similares o no a la novela, son creibles. Son personajes que uno puede creer factibles, cotidianos…. creo que eso es un merito. Es una pelicula que mas que a una sector, apela a una generacion, y ahi me parece que triunfo. La emotividad es una emotividad no obvia, no verbalizada, sino nacida de las mismas escenas, y eso me parece un merito.
Digo, esa es mi humilde opinion, no vaya a ser que Pao me lea desde Europa y vuelva a pensar que estoy siendo soberbio jaja
Te leo desde Europa, Ombligo!! (y sigo desde lejos cuidando tu temple en mi papel de hermana mayor). Pero no me voy a meter a hacer comentarios de comentaristas esta vez, voy a decir algunas pavadetas propias.
Es todo un tema que nos excede en tamaño eso de la adaptación de una novela al cine. Siempre hay gente desilusionada que espera ver lo que su cabeza construyó cuando leyó el libro. En este caso, yo.
No estoy descubriendo la pólvora al decir que el cine y la literatura son disciplinas hermanitas pero distintas, con lenguajes propios y el peligro está que en la mudanza de un código a otro se perjudique un poco el mobiliario.
Concuerdo con los chicos en la molestia respecto a la sobreabundancia de referencias culturales. En el “Mundo Casas” esto es importante y está muy dicho, pero cuando lo pasás a imágenes en la cantidad en que lo hicieron en la peli, primero te sentís subestimado (ya entendí que el pibe es de barrio, de San Lorenzo y le gustan los libros y la música!) y después empalagado. Es como si en un libro se repitieran varias veces una palabra en el mismo párrafo: una vez puede ser marca de estilo, pero, reiterado, se sospecha la torpeza del escritor.
El motoquero polaco(o una nacionalidad parecida) puede ser un guiño, pero está agarrada con alfileres su inclusión en la trama.
Por último: la mentada escena de billiken y la de los amigos en el techo. Las dos me dejaron el corazón con agujeritos, ambas me encantaron en el libro, pero cuando las vi en pantalla estaban enchastradas, una por error de dirección (el plano fijo laaaargo contando una historia que nunca termina) y la otra por chapuceos en la actuación… el gordo ni él se creía lo que estaba diciendo.
Es una lástima, tenía unas ganas de que me guste Ocio!!!
Estamos 100% de acuerdo con lo de Billiken… y creo que el problema con las referencias culturales, como digo ene l otro coment es el mismo error… la duracion.
La abundancia en Casas tambien esta y tambien molesta… pero es estilo….
Suerte en europa y trae las remeras!
ocio, es una mala copia, a las peliculas de perrone.
bueno, el que roba a un ladrón…
caro, estaría bueno que antes de escupir tu veneno aprendas a usar las comas
Es raro lo de la copia, están por un lado las leyes de propiedad intelectual y todo eso, pero a la vez la historia de la cultura es una historia de copia, imitación, robo, etc., y nadie se escandaliza por eso. La idea de originalidad me interesa poco; para mí, si la copia es mejor, bienvenida (claro que no pensaría lo mismo si alguien me “roba” un texto o algo por el estilo, pero como soy nadie no tengo ese problema). Justo ayer vi Nosferatu de Murnau, una película que no debería existir. Murnau robó la historia de Bram Stoker, apenas le cambió un par de cosas, la viuda de Stoker le ganó el juicio y se destruyeron todas las copias de la película, pero algunas personas, piratas de principios de siglo, guardaron copias y…ayer la dieron en el Malba y yo no vi que nadie saltara a decir que Murnau era un ladrón. Legalmente lo era. Por ahí es que pasó mucho tiempo y la película es muy buena, entonces a nadie le importa. ¿O al alguien le importa?
Por otra parte, los que vimos las pelìculas de Perrone y vimos Ocio, sabemos que hablar de copia en este caso, además de constituir un argumento en contra de dudosa contundencia (por lo que bien explica Marina), es una reverenda pelotudez.