Du soleil pour les gueux / Alain Guiraudie / 2001 / Francia
La vía láctea / Luis Buñuel / 1969 / Francia

Claro. Ahora, con la segunda película, entendí. Lo que pasa es que Alain Guiraudie está totalmente loco. Estoy segura de que –si por uno de esos extraños cruces cósmicos– un director francés que está de paso en Buenos Aires se pone a leer un blog sobre cine y encuentra que lo llaman loco, no le va a molestar. Escuchen esto: cuatro personajes se cruzan en el medio del campo. Hay dos que corren todo el tiempo, con cantimploras, mochilas o remeras atadas en la cabeza, atravesando continentes. Otra es una peluquera desempleada que va al campo para cumplir un sueño que tiene de chiquita: conocer, y hacer el amor, con un pastor de ounayes. El cuarto personaje es el pastor en cuestión, y los ounayes, por si se lo están preguntando, son unos animales imaginarios que la chica le ayuda a buscar. Rápidamente el rectángulo del plano se transforma en el espacio de todas las historias y los cruces posibles y de chistes sorprendentes, como cuando uno de los corredores –en calzones blancos y mochila– que viene de muy lejos está cansado y dice “Debe ser el cambio de horario”. Guiraudie filma, por momentos, como si el cine, los géneros, la gravedad y el recato no existieran.
Casualidad o no, el mismo día me tocó ver La Vía Láctea de Buñuel, otra de desclasados que corren corren corren para llegar a Santiago de Compostela, y de nuevo el camino entre Francia y Compostela se convierte en un espacio ficcional delirante donde aparecen, por ejemplo, Jesús y sus apóstoles. Lo bueno es que –basta un botón– como los personajes se preguntan por qué Jesús caminaba siempre con las manitos levantadas, tal como se lo ve en las estatuas y demás abalorios religiosos, enseguida aparece Jesús caminando como un hombre normal, se para en medio del desierto y les pregunta a sus seguidores, todos en túnica, “¿Qué hora es?”. Acá se trata de la religión católica, todo el tiempo, y más que nada de discutir lo indiscutible. La película se ríe de la literalidad –gran coraza– y desarma sin malicia toda esa montaña de parloteo dogmático que tiene muchos siglos. Tanto en Buñuel como en Guiraudie, el que se mueve es el que se hace preguntas: a correr que se acaba el mundo, y vive la liberté.







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