
El domingo pasado vi Moon en la pantalla de mi computadora, con esa cercanía rara, posesiva, que da mirar una película en la cama, casi como si se leyera un libro. Prefiero el cine, y es una lástima que esa película no se haya estrenado porque me encantaría ver la luna de Moon en la pantalla grande, pero fue una fiesta. Me acordé sobre todo de cuando era chica y con mis hermanos deseábamos –pero no había plata- esos Playmobils astronautas que veíamos en las vidrieras. Moon es divertida y triste, terriblemente ingeniosa en ese giro de que aparezca un clon de Sam Rockwell ahí, de la nada (de esto ya habló Santiago en una crítica) y que el protagonista, después de la sorpresa inicial, se haga amigo del doble y el plano siguiente los muestre jugando al ping-pong. Quise pasar una noche en el camarote espacial de esa película, y sobre todo dar una vuelta por esa superficie lunar tan de estudio, tan de juguete, con mis hermanos. De la mano del juego –un juego que se pone serio, mortal, como todos los juegos que importan- la película es una historia de amor entre un hombre y su otro que es él mismo, en la que uno está dispuesto a sacrificarse por el otro, con la conciencia amarga de que en los planes de la empresa que los contrató para cosechar la energía solar que rebota en la luna, son absoluta y literalmente intercambiables.
Hay relatos que deben ir hasta la luna para poder hablar con ligereza de cosas así de graves, mientras hay otros que viajan al futuro. El día anterior había visto Alphaville en la pantalla del Malba y pensé cosas que después seguí pensando mientras veía Moon. Alphaville es una ciudad del futuro, una París apenas disimulada en un futuro barato que es de la imaginación y del juego más que de la técnica (el protagonista baja a la recepción del hotel donde se hospeda y pide hacer una llamada; el empleado del hotel que lo atiende le pregunta, “¿Local o intergaláctica?”). Un noir, también, donde un agente secreto llega con una misión que importa poco a un mundo donde no existen el amor ni los artistas y donde la palabra “¿Por qué?” se borró del lenguaje. No hay dudas, no hay pasión, hasta que llega Lemmy Caution (Eddie Constantine) a tratar de explicarle a Natacha von Braun (Anna Karina) qué significa “amor” mientras leen un libro de poemas. Vi la tapa del libro y me acordé de algo, fue un recuerdo incompleto, hasta que llegué a casa y encontré en la biblioteca el mismo libro en una edición bien diferente, negra, fea, española, con un racimo de uvas en la tapa sobre un fondo negro, y leí: Capital del dolor, de Paul Eluard, y en la primera página, “Marina Yuszczuk, julio de 1999, Buenos Aires”.
En esa adolescencia sesentosa, un poco francesa, que acompaña para muchos el comienzo de una carrera de Letras en la universidad, compré ese libro de Eluard porque me gustaba Gelman, ahora me acuerdo, y por Gelman llegué a Eluard y compartí sin saberlo una lectura con un Godard que no conocía, el de esa película que tiene cuarenta y cinco años, contemporáneo mío en muchas cosas. Yo había venido a Buenos Aires para ver a un chico del que estaba enamorada, y me acuerdo que él fue el primero que me habló de este asunto tan novedoso de que el amor ya no existía. No entendí nada, por supuesto, yo venía de la provincia y esas novedades tardan en llegar allá, pero algo me quedó funcionando en la cabeza a partir de ese primer encuentro con un chico posmoderno. Yo le decía, como dicen los personajes de Alphaville, como dice Anna Karina dificultosamente al final de la película, “Pero yo te quiero” –razón de razones, para el que quiere-, y tardé varios años en darme cuenta de que le hablaba desde otro planeta.
¿Para dónde va esto? Durante varios días no tuve la mas mínima idea, había un pensamiento haciendo fuerza por algún lugar pero no había forma de que se volviera un poco nítido, hasta que me puse una remera teñida al batik con unos pantalones oxford para ir a la pileta, y mientras nadaba me di cuenta (no conozco mejor lugar para pensar que con la cabeza bajo el agua, aparte del cine: dos medios que hacen que fluyan las imágenes). Cuando uno tiene determinada sensibilidad –no más o menos sensibilidad, sino una sensibilidad determinada, producida a través de los años por el cruce entre cierta predisposición, experiencias, pensamientos, libros y películas- hay que vivir un poco disfrazado para poder tolerar el presente, ahora que el mundo –si es que existe, porque un mundo es un conjunto de relaciones- es un lugar horrible. Ese disfraz está hecho de partes del pasado, desprendidas, no sé si históricas, disponibles para el uso y la identificación. Porque yo, que después me crucé con muchos otros chicos y chicas mucho más modernos que el primero, no me siento tan lejos de esa que vino en un tren a la capital (del dolor, dijo Eluard, 1926) para aprender que algunas cosas probablemente no existían, no podían decirse, no se sostenían en cierto contexto, y me sentí dicha por una escena tan ridículamente hermosa como ésta, mientras miraba Alphaville y pensaba, al mismo tiempo: estoy asistiendo al nacimiento de Tarantino, pero él tomó solamente una parte de todo esto, hay otra que es irrecuperable, se puede jugar y se puede ser canchero pero no sé si se puede estar tan preocupado como Godard, tan casi desesperado por entender el presente, ahora, y hacer películas con momentos a veces panfletarios, con citas teóricas, donde se digan cosas como “Somos una generación hija de Marx y de la Coca Cola”. La única película reciente que conozco con un “somos” es Somos nosotros de Mariano Blanco, y daría lo mismo que fuera una película muda. El título puede decir un “somos” pero los personajes en la película no pueden decir nada, están ahí, se muestran. Más que eso sería ridículo, como está al borde del ridículo este texto un poquito quejoso que estoy escribiendo.
El presente es un mapa totalmente raro, yo lo imagino así, porque hay muchas épocas distintas que conviven y se cruzan acá, no sin conflicto. El que mira películas viejas, o lee libros viejos, vive en un estado de diálogo permanente con muchas otras épocas, se arma con ellas. Vivir en el cine es estar en estado de anacronismo permanente, y la separación entre los tiempos nunca es tan nítida como cuando se lee el “The end” en la pantalla, se prenden las luces, y basta con dejar la butaca y cruzar una puerta para salir al sol y a la ciudad. Lo que pasa por dentro no es tan claro, es más fluido y todo se confunde hasta que al fin en esa mezcla tanto el presente como el pasado terminan siendo raros –a veces demasiado raros. Estas son cosas que pensé también cuando vi 500 días con ella, una comedia romántica, no importa si mala o buena pero que para poder representar el presente de las relaciones sin salirse del género y poner a una chica que dice “No quiero tener novio, me parece que no tiene sentido” (aunque la película se traicione, porque después esa chica se casa) tiene que darle la cara superdulce de Zooey Deschanel y disfrazarla con vestidos retro y hacerla fanática de The Smiths. ¿Por qué esa chica se parece tanto a la Natacha von Braun de Alphaville, con el mismo flequillo y el mismo tipo de vestidos y los ojos grandes?
Anna Karina, hace cuarenta y cinco años, aprendía el significado de palabras como “amor” y “ternura”, libro de por medio, y la Zooey Deschanel de ahora, disfrazada de Anna Karina, pela un discurso de chica moderna y superada que no cree en el amor pero, ay, después se casa. La película norteamericana hace que ese discurso no sea más que un momento de cinismo juvenil en el camino al matrimonio, y de ese modo le resta importancia, con una palmadita irónica. Moon se ubica en la luna para contar una historia de amor y sacrificio totalmente anacrónica y hablar al mismo tiempo del valor o la falta de valor, según se lo mire desde el punto de vista del compañero o de la empresa, de uno que tiene un contrato laboral de tres años, 500 días con ella se disfraza de mundo sixties para terminar haciendo propaganda, una vez más, de las instituciones más que de los sentimientos, y Alphaville sigue haciendo fluir sus imágenes de noir en la pantalla –este mes se repite en el Malba-, como una gran pregunta que llega desde un mundo en el que no se puede decir más “¿Por qué?”.
Mientras tanto yo también me pregunto, mientras paseo por estas películas, adónde hay que sentarse para abrir un libro escrito en francés hace ya casi un siglo y emocionarse con un poema que dice:
En la casa de la risa
un pájaro ríe en sus alas.
El mundo es tan leve
que ya no está en su sitio
y tan alegre
que no le falta nada.
Por ahora lo leo en esta estación espacial, en el poco tiempo que me queda antes de que la Lunar Industries envíe a mi reemplazo. A través de un vidrio gruesísimo veo la superficie de polvo gris, apenas iluminada por su propio brillo, siempre nocturna, y también veo parte de mi reflejo, que ya se le parece: dos pozos grises en los ojos, apagados por la falta de sueño, un libro en la mano y la barba crecida. Intuyo que tengo que apurarme. Algo me dice que en cualquier momento llegarán los clones.







Marina, cada día escribis más lindo y decís cosas más copadas. En serio, siempre que leo algo tuyo me sorprendo, sos grosa.
Ahora me llevo el amante al baño y a vos te leo los domingos a la mañana, tomando mate mientras te escucho teclear tu compu en la habitación y hay solcito.
Ah, no sé quién serás, amigo anónimo, pero te lo agradezco con toda humildad. ¿O sea que me estás diciendo que todas mis revistas pasaron por el baño?
Lindísmo texto, Marina! Pero cómo que no sabés quién es tu “amigo anònimo” (no será “amiga anónima”?)!
Besos.
Todas tus revistas pasaron por el baño. Y quién te dice algunos libros también. Ahora, cada vez que agarres uno vas a pensar ¿este también?, terror psicológico que le dicen.
les cuento que las lecturas que mas atrapa mi cerebro son las que realizo en el baño, debe ser un proceso que significa tirar cosas viejas para aprehender cosas nuevas.
Emilia y papá: les aviso que voy a empezar a censurar todos los comentarios que contengan la palabra “baño”. Se me pusieron escatológicos.
Marina, ayer vi Moon y hoy tuve que releer este hermosísimo texto tuyo. Un beso grande para vos.