
“Las calles parecen amenazantes, empieza a llover, y enseguida estalla un relámpago”, canta Nat King Cole en la canción que me tiene obsesionada, o en realidad en una traducción más que libre de una parte de esa canción. La voz de Cole que sale de la radio de un descapotable abre Kiss me deadly, el noir tardío, salvaje, ultraviolento, casi clase B de Robert Aldrich. La escena es todo lo que se le puede pedir al noir: una ruta desierta, oscuridad total cortada sólo por los faros de un auto, una mujer que aparece de la nada y salta al medio de la ruta para parar el auto, pidiendo ayuda. Esa mujer lleva un piloto de hombre y está descalza, también está asustada y hace bien, porque va a morir dentro de poco. Habla como una loca, con amargura, y en la lucidez de los minutos finales (para ella) de una noche cerrada, mira el auto y le dice al que maneja ya me doy cuenta cómo sos, sos de esos hombres que sólo tienen un amor y es ellos mismos. Después, cuando ya falta poco, dice si llego a salir de esta, olvidate de mí, pero si me muero recordame: remember me.
El hombre al volante es Mike Hammer, el detective que va a investigar la muerte de la mujer y que por la mitad de la película entra a un bar donde Kitty White, una negra vestida de blanco, está cantando la misma canción del principio: “The streets look very frightening/ the rain begins and then comes lightning/ it seems love´s gone to pot/ I´d rather have the blues than what I got”, preferiría tener los blues, estar bajón, estar triste, antes que esto que tengo. No importa tanto cómo se traduce “blues”, lo que más me intrigó en estos últimos días, mientras veía mucho noir, es la segunda parte de la frase: esto que tengo. Este estado de ánimo que tengo, que la canción no nombra salvo por medio de ese señalamiento, como si el cuerpo del que canta tuviera que estar presente con un gesto, con una postura determinada (con párpados caídos), para que podamos entender qué es ese “esto”, o como si decir más fuera redundante porque en el tono de la voz que canta está toda la información que se necesita. Ah, no sé. Me gusta más pensar que hay algo que no llega a decirse pero que está a la vista todo el tiempo, y que es el ánimo del noir.
Mike Hammer, detective privado, se dedica a casos de divorcio junto con Velda, su novia-secretaria a la que usa para que seduzca a los maridos y les saque información mientras él por su parte seduce a las esposas y les saca información. De esa manera traicionan a los clientes, sacan plata de todos lados y de paso Velda está siempre al borde –o ni siquiera- de ser prostituida por su propio hombre. En esa misma noche de la que hablé, antes de que Hammer entrara al bar donde canta Kitty White, había estado en el departamento de Velda. Entró, la despertó, le dijo algo sobre el caso que estaban investigando y ella dijo algo sí como que todos los que rodeaban a Mike estaban en peligro, que él usaba a todos sin importarle las vidas que ponía en riesgo con tal de salirse con la suya. En cualquier momento voy a ser yo, le dice Velda, y él sabe que es verdad pero no para. Simplemente no puede. Por eso se va a un bar y se emborracha mientras suena la canción de Nat King Cole, hasta que queda desmayado con la cabeza encima de la barra. En ese estado está cuando lo despiertan para avisarle que se llevaron a Velda, y cuando Hammer está por salir para buscarla, borracho todavía, Kitty (que es la que interpreta ese “what I got”, porque lo canta y también porque lo entiende) le dice “Lo lamento”.
Voy a esto: en el detective –pienso a Mike Hammer como un caso extremo, como un cínico declarado y casi sin elegancia, lejísimos de Bogart en ese noir tardío y más pedestre que es Kiss me deadly, pero que en su carácter hiperbólico pone en evidencia los rasgos de casi todos los chicos del noir- hay una tara fundamental, una adicción. Esa mujer que le dijo “Remember me”, y que murió por razones que se desconocen, y que estaba asustada, es un misterio a resolver, pero no como favor a la memoria de ella, no como respuesta a su pedido. El private eye, ojo que quiere ver y que es privado porque trabaja por su cuenta pero también porque en última instancia investiga para sí mismo, quiere seguir un caso hasta las últimas consecuencias, que siempre son, como horizonte último, la muerte, la de él y de todos los demás. Los otros se convierten en herramientas útiles en esa cadena de la información en la que un dato lleva al otro, hace avanzar el relato y muchas veces deja un tendal de cadáveres en el camino. Mike Hammer besa a todas las chicas de la película, o mejor dicho, todas las chicas besan a Mike Hammer, y él se deja porque quiere algo. Al mismo tiempo va de un lado al otro reuniendo información y cacheteando a cuanto viejo –portero de un club, encargado de la morgue o aficionado a la ópera- se le cruce por el camino. Los que lo ayudan, probablemente mueran (y si no vean el sacrificio de Gloria Grahame en The big heat para ayudar a Glenn Ford). El private eye no sabe lo que busca pero tiene que verlo.
El es el verdadero homme fatal. Vaya a saber por qué Barbara Stanwyck es la mujer fatal en Double indemnity cuando en realidad –por más que la rubia traidora “lleva a la perdición” al personaje de Fred MacMurray, él dice claramente que siempre estuvo esperando la oportunidad que ella le representa para dar el golpe y retirarse rico- es ella quien no puede apretar el gatillo cuando tiene el arma apoyada en el cuerpo de su amante, y en cambio él sí puede matarla. De todas formas me interesa muchísimo menos cualquier lectura de género que una cuestión más general: ese egocentrismo que la loca de la ruta descubría en Mike Hammer, si no se piensa en términos morales, tiene que ver con un mundo en el que las personas son instrumentales. Es el mundo del noir, de la supervivencia, del desencanto más profundo y de la ausencia absoluta de ideales, que no se vive sin un fondo de dolor –de dolor mudo, que asoma apenas en alguna frase y que por eso está desplazado a las canciones, las calles solitarias, y algunos gestos- ni sin melancolía. Mike Hammer tiene que hacer un alto en ese bar donde alguien canta Rather have the blues y emborracharse hasta perder la conciencia. La lucidez del private eye, ir con ojos abiertos por un mundo de intereses y traición y falta de sentido y de personas que están a la deriva, se paga con vasos de whisky, con indiferencia, con un nuevo caso. La analogía detective privado-artista-crítico, entonces, está clara (pero no quiero hablar ahora de eso, ni de esa búsqueda de la verdad que será tema de otro artículo que va a llamarse, ya lo sé, “Quiero ser detective”).
Es que el mundo, el nuestro, puede ser ampliamente ese mundo del noir si se lo mira desde cierto ángulo. Acá, varias cosas: en el mundo del noir, el crimen sigue siendo horrible, algo que provoca espanto, pero sólo a aquellos que se ven inmersos en él por azar o desgracia (Edward G. Robinson en las películas de Fritz Lang, tanto The woman in the window como Scarlett Street, y muchos de los personajes de Hitchcock) pero no para el que ya está acostumbrado. En el mundo del noir, el amor existe. De vez en cuando las películas “salen” del ambiente del noir, se corren un poco, y es una sorpresa encontrar que el mundo del cine clásico es un espacio adyacente, como si fuera otro set armado en el mismo estudio. Pienso en las escenas familiares de The big heat y The killers: las esposas rubias con rodete, delantal con volados, sonrisas enormes como en las propagandas de electrodomésticos, la placidez, el confort, la felicidad autosatisfecha del hombre que tiene su trabajo, su casita, su mujer y sus chicos –dos hombres que son policías, en este caso, y que participan por eso de los dos mundos, del clásico y del noir (el detective está hundido, en cambio). Eso pone de manifiesto que el mundo “real” de la realidad hollywoodense existe para el noir y acaso sea el más deseable, lo que vuelve un poco más triste la condición de estos personajes que se mueven en ese otro universo sórdido, precario, inestable, más o menos cínico, donde se debe desconfiar de todos y de todo.
Películas de detectives, películas de agentes de seguros, de boxeadores, de mujeres que ayudan o traicionan, de policías, de simples empleados que de pronto se ven envueltos en algo extraordinario y hasta de camioneros (They drive by night), películas donde los buenos y los malos mueren, y otras con finales casi felices, si es que cabe la palabra (Murder, my sweet y la misma Kiss me deadly). Pero si algo tienen en común, probablemente sea esa amargura de que si se mira desde cierto ángulo, el mal y lo corrupto no son la excepción sino la regla. El mal, que puede tomar la forma del fracaso, de la soledad, o de quedarse atrapado en una situación de la que no hay salida, por más esfuerzos que se hagan. Porque el noir, extrañamente, no propone un discurso en el que el bienestar, el éxito o la felicidad dependan exclusivamente de los individuos, y en eso sea acaso más verdadero que otros géneros clásicos: la sociedad existe, los otros existen, existen las instituciones y la ley y esas redes de poder oscuras, todo mezclado en una sola masa ambigua de la que no siempre se puede salir (tal vez sea eso lo poco de noir que hay en Carancho).
El del noir es un mundo que opone resistencia, razón de más para el cansancio y la melancolía que se dibujan a veces en la cara de Bogart cuando, una vez más, sospecha que alguno lo traiciona. Y por eso, si se lo piensa un poco, el noir no es ni siquiera un género sino más bien, como la comedia, un tono, una manera de representar que produce sentido. Pero hay una verdad en ese pesimismo, en poder verlo con los ojos abiertos (en permitírselo, en medio de tanta propaganda boba de la felicidad en este mundo que puede ser amargo). Cuando estoy triste, me siento como un detective. Soy Bogart cuando ya era viejo, mirando al mundo con párpados caídos, un cigarrillo, un vaso de whisky y el desconcierto pegado en la cara, escuchando una canción que dice “It seems love´s gone to pot, I´d rather have the blues than what I got”.
Por acá la canción (para escuchar con los ojos cerrados porque el poster es horrible, aunque con los ojos abiertos se puede leer la letra).
Por acá, el link para bajar Kiss me deadly, y en este sitio los subtítulos.







Malísimo.
La proxima trate de resumir un poco mas sus comentarios sr. inconformista
Marina, me gusta mucho este texto. Un poquito menos que el de los astronautas y el amor (?). Sobre todo me quedo con los dos últimos párrafos. Los otros los recuperaré cuando me vea algunos noirs ( si es que se puede decir así), ahora que me dieron bocha de ganas.
Beso y resoplido!
Pffff! (vos sabés).
Che Marina, que ser basurero no es ningún castigo, hay cosas peores (mirá si lo hubieran hecho crítico de cine por ejemplo). Con respecto a lo de los autores, el autorismo no necesariamente cree que no hay influencia estética de una productora determinada. Al contrario, los primeros en ser llamados autores (Lang, Hitchcock, Hawks) eran realizadores que trabajaban en industrias que tenían un peso muy grande a la hora de la decisiones formales o de narración en la película. Algunas de ellas, incluso, se dedicaban a determinados géneros o tenían una estética que las identificaba.
No se si Lasseter (quien siempre fue considerado un cerebro más de Pixar y no el responsable principal de sus películas), por otro lado, hubiera sido encajado en el modelo de autor. Ni en el de la política de los autores de los 50, ni en el de la teoría de autor de Sarris de los 60.
Si de autor hablamos, lo más similar a un autor que tuvo la historia de Pixar fue Brad Bird (El Gigante de Hierro, Los Increíbles, Ratatouille).
Es un tema que da mucha tela para cortar y puede que sea, a esta altura, una tela algo tediosa.
Saludos
Este último comment está desubicado en este post. El mismo está publicado, en su debido contexto, en el texto de Toy Story 3 escrito por Santiago Armas. Sepa disculpar el lector mi torpeza y mi absoluta ignorancia para borrar comments que uno escribe (dicen que se puede hacer, si esto no se puede entonces disculpe también el lector mi ignorancia frente a este tema).
¡Era un chiste que le hice a Santiago!
Yo, con el poder que wordpress me otorga, en este humilde acto te perdono. Por las dos cosas.