The road / John Hillcoat / 2009 / EE.UU.

The road es una película marrón. Marrón y polvorienta. El mundo, tal como lo conocemos, el mundo de las sociedades organizadas y de las ciudades y las comunicaciones y de la relativa disponibilidad de cosas materiales se terminó. El punto de partida de The road ya es atrapante, porque sugiere que como no hay más comida, no hay más moral. O por lo menos que la moral por momentos, a fuerza de abstracta, se vuelve ridícula (“Papi, ¿nosotros somos los buenos?”). Como una contracara realista, física, de 2012 (que me parece gloriosa, pero en 2012 los cuerpos no estaban expuestos al peligro más que visualmente; John Cusak podía correr delante de una grieta que se abría en el suelo y pegar un salto para subirse a una avioneta, siendo un hombre común, y a fuerza de exageración todo era verosímil), The road es un relato tan agarrado a contar la supervivencia de los cuerpos con escenas casi mudas que toda la posible mística-moral bobalicona y trillada es expulsada para afuera. Porque The road podría ser una película sin diálogos, y no estaría mal: no haría otra cosa que reforzar la idea de que acá se trata de contar algo que es mucho más serio.
Un padre y un hijo sin nombre, abandonados por la madre en un fin del mundo que se prolonga demasiado, salen a la ruta. “Vamos al sur”, es la consigna, pero en el sur muy probablemente no haya nada. Se trata de moverse porque la que viene pisando los talones es la muerte, en la forma de bandas armadas que se comen a los que encuentren vivos o de falta absoluta de comida. Ellos, concientes de que en cualquier momento se termina y de que es mejor meterse un tiro en la boca que dejarse comer vivos, llevan un revolver con dos balas. El padre, como todo padre, trata de preparar al hijo para cuando no esté, pero preparar en este caso quiere decir saber cómo matarlos a los dos si llega a ser necesario. La intensidad de la relación entre ellos dos, de más está decirlo, es absoluta, unidos por ese poco de vida que persiguen y por esa muerte que llevan encima. Ellos están sucios, tienen la ropa destrozada y están un poco locos (¡la mirada de Viggo, santo desquiciado!). El desamparo es absoluto, y por si el espectador se acostumbrara a verlos mugrientos y al borde del desmayo en ese mundo destruido, una serie de flashbacks que son recuerdos del padre muestran a la mamá. O mejor dicho, muestran en el cuerpo de ella, tirado al sol o acurrucado en un auto, una calidez que se perdió para siempre.
Entonces tenemos al padre y al hijo que se cuidan y tenemos una película de un suspenso terrible, que logra intensidades sorprendentes a fuerza de contrastes. Porque el mundo de The road está tan bien establecido y es tan nítido que en un momento, cuando los vagabundos encuentran un sótano y en el sótano estantes llenos latas de comida que iluminan con un encendedor, ese pedazo del mundo nuestro y cotidiano se vuelve totalmente extraño, y es el paraíso. Y cuando el padre prende un cigarrillo después de la cena, de pronto parece humano. Ahí, por primera vez, medimos el espesor del drama en el hecho de que alguna vez esos pordioseros que vagan en un mundo hostil fueron nosotros. Chapeau, Monsieur Hillcoat, por meternos en el mundo de su película, no con piedad, sino con detalles de cine.
Pero la piedad también está, y está muy bien porque se sostiene en la cara de loco de Viggo Mortensen, que llora todo el tiempo, él, que a diferencia del hijo también carga la mochila del recuerdo. Porque el personaje es todo el tiempo padre pero también es un hombre, y en unos pocos momentos que la película le concede para estar en soledad, lo vemos hacer un camino que es acaso el inverso al del hijo. Primero, cuando se deshace de la foto de la mujer y del anillo en una autopista gris –olvidarse de ella también es cuestión de supervivencia- y después cuando se encuentra con la casa en la que creció, hecha una ruina, cubierta de cenizas. Ahí, da vuelta uno de los almohadones floreados que quedó sobre un sillón, y la sorpresa más increíble espera del otro lado: un poco de color que sobresale de ese mundo gris, el verde y el dorado del estampado de esa tela que quedó boca abajo, conservados intactos. Y con ese color, un testimonio irrefutable de que el pasado estuvo ahí, y de que fue mejor, y la sonrisa de él ante el recuerdo. Una disgresión: la relación con el pasado y con la pérdida es ambigua. Hay cosas que necesitan olvidarse, porque iluminan tanto que el contraste es demasiado doloroso; hay en cambio un nivel de brillo tolerable que es el de la infancia. Acá, como en Camino, existe una vitalidad en la imaginación del hijo -que se pregunta cómo será el mar- que al padre le está vedada, porque para él el paraíso quedó en el pasado. Pero hay que seguir viaje. El camino del padre es hacia atrás, entonces. Primero, el olvido de la mujer, después la infancia, y finalmente una muerte tranquila, hechos los ritos que había que hacer, en una playa.
Lo digo una vez más: The road es buen cine porque logra que la felicidad sea un poco de color en el estampado de un almohadón, o la sensación de abrigo del pullover de una mujer que se acurruca en el asiento de un auto. También es una película al ras del suelo, en la que el amor es envolver al otro, y la poca moral que sobrevive se reduce a decidir qué como y qué no como, al punto de que al padre, que había dicho algo así como que el hijo era todo para él, que era su dios, el hijo le dice a su vez, cuando ya es un cadáver, como última despedida: “Te prometo que te voy a hablar todos los días”. Porque en esta película sin dios, cada uno es el dios del otro, un dios que sostiene a su vez esa otra cosa –sí, la vida- que importa más que nada porque no necesita justificación en este mundo sin ideas.










ay marina, con tus criticas siempre me pasa lo mismo, me dan bocha de ganas de ir al cine a ver la película en cuestión, aunque sea un bodrio, para reirme de tus bardeadas.
muy bueno el blog
sigan asi
pero para la próxima una foto de viggo shirtless
aunque sea de promesas del este, no importa
Promesas del este o del aquel, yo te prometo hacer puchero si vos prometés tarta de atún esta semana.
Yo no prometo nada, pero cómo me gustaría comerme un puchero!
Yo lei la novela de Cormac Mc Carthy hace un par de años, y por eso tenia ciertas dudas con respecto a la pelicula. Creo que Hillcoat hace un muy buen laburo en lo que respecta a lo tecnico (la fotografia color ceniza es impresionante) y a lo emocional (ayudado por Viggo Mortensen que practicamente se banca la pelicula entera). Aun asi, pese a que en el tono el director respetó lo suficiente el material original, hay algo en la prosa de Mc Carthy, en como describe con tanta belleza ese mundo horrorifico y sin esperanzas que hace imposible hacer un traspaso a la pantalla grande que le haga la justicia que se merece.
Muy buena critica Marina.
Ya que nadie se hace eco del puchero, es decir de lo importante, paso a la película. Coincido con Santi. Es curioso que la película sea tan respetuosa de la novela (algunos diálogos se reproducen textualmente) pero que no produzca, al fin, un material diferenciado, con una especificidad cinematográfica mayor. En algún punto parece una ilustración, la película. En este caso, la demasiada fidelidad termina generando un material sin corazón. Pese a las lágrimas de Viggo y a la simpática cursilería del “fuego interior” que importa directamente de la novela.
Es que la prosa de Mc Carthy es muy dificil de trasladar al cine, es algo puramente literario por mas monologos desoladores que salgan de la boca de Viggo. Mi principal problema los tengo en las escenas con Charlize Theron y Robert Duvall, que me parece que lo unico que hacen es aportar demasiada informacion al espectador, cuando en la novela toda la idea del mundo previo a la catastrofe es dejada a la imaginacion de cada uno. Por eso lo mejor del film pasa por los momentos mas intimos entre Viggo y su hijo, que es justamente en donde el director se acerca mas al espiritu del material original.
Igual la pelicula me gustó mucho, pero se hace dificil no compararla con el libro.
David, fijate que a mí, que no leí la novela, no me pareció por supuesto que la película fuera la ilustración de nada, y me quedo pensando en esto que decís del material sin corazón. Es muy difícil precisar adónde encuentra uno el corazón en una película que es pura superficie visual como es cualquier película, puede ser en miradas, en cosas no dichas, en cierta calidez, etc., pero yo encontré que la potencia de The road está un poco en su aspereza.
Santi, ¿me llevás esa novela mañana a clase así leo una página de Corman? Porque entre el que me dijo “no leo novelas de McCarthy” y vos que sonás medio fascinado con la belleza de la prosa quiero saber con qué quedarme.
Aparte de eso, me parece que toda la cursilería del fueguito galeanesco hay que ponerla en el contexto, terrible, de la película, y entonces se nota que es, sí, el típico discurso humanismo-a-toda-costa pero derrotado, digo, puesto al lado de gente que se está comiendo a otra gente.
Lo de las lágrimas de Viggo me gusta porque es un detalle grasa: el tipo tiene cara de santo y de loco porque tiene hambre. Por eso me impresiona tanto el cambio de aspecto cuando come.
Cuando digo ilustración no me refiero a la novela sino a una idea que preexiste a la pelìcula (nada de qué alarmarse: casi todas las películas están hechas de ese modo. Así estamos). Por eso una pelìcula pude ser literaria sin tener una fuente literaria. De allí que no encontré en la película algo cinematográfico. Al contrario que vos, yo creo que si una película solo ofrece una pura superficie visual no es cine.
En lo que respecta al corazón, sí es difícil precisar dónde está. Puede ser que la potencia de The Road resida en su aspereza, solo que a mí esos paisajes importados de mtv no me parecieron lo suficientemente ásperos.
No esta mal que quieran hacer una copia o ilustracion fiel al libro, ya los Hnos. Coen hicieron una imitacion exacta de la novela No Country for old men y el resultado era genial. El tema aca para mi es en esos flashbacks con la madre o la escena con Duvall, partes que no estaban en la novela y que aca solo estan para subrayar una idea que ya visualmente era demasiado explicita.
Mañana te llevo el libro Marina, no problem.
nobleza obliga: marina hizo un puchero zarpado del que ya no quedan ni los huesitos.
Ouch!
Son unos chicos malcriados, puros pucheros !!!
Marina, necesito que este blog crezca hasta limites inimaginables, impensados.Resulta que ayer vi The Serpent’s egg y medio que me quede haciendo pata. Viste esa sensación? me falto entender algo y pensé, que bueno, si marina, si este blog me daría la solución….
eh?
Venite mañana! no seas! no seas!
Abrazo!Beso!