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Pobre Oscar

El retrato de Dorian Gray* / Oliver Parker / 2009 / Gran Bretaña

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Las sensaciones son las primeras marcas del cuerpo humano. Los culpables son los cinco sentidos que poseemos todos simplemente por ser humanos. También podríamos decir que existe un sexto sentido espiritual, apoderado por las mujeres –muy feminista de su parte–. Sin embargo, hay un séptimo al que quiero aludir y que es el causante de las sensaciones que se producen cuando uno se expone frente a cualquier obra de arte. Es el productor de emociones, esas que se transforman en estímulos causantes de ciertas respuestas físicas. Por ejemplo, frente a la belleza extrema es muy normal quedarse paralizado y sin habla. Pero es verdad que también frente a la cosa más fea es muy posible quedarse de la misma manera.

Con toda esta introducción me quiero referir a la belleza del Dorian de Wilde y a la fealdad de la película de Parker. Hay algo muy particular en la obra maestra de Oscar Wilde publicada en 1890, El retrato de Dorian Gray. Esa particularidad es la poética de la literatura de la época, la huella que deja en el alma a través de la historia. El autor no por nada vivió como vivió y luchó como luchó. A veces es tan complicado conseguir la esencia de un personaje que, sin pensarlo, es mejor dejarlo pasar que seguir adelante. Con esto quiero decir que el Dorian de la literatura es un muchacho con una belleza física y espiritual inexplicable para la gente que lo rodea. Su alma es el rubí perdido. Con ella hace ver en profundidad la mentalidad y el ser inglés. Oscar Wilde tenía un propósito –como todo autor frente a su obra– y es la crítica hacia cierta cultura que no compartía y que deseaba cambiar. El alma de Dorian Gray es corrompida sin piedad por los pensamientos ajenos, por una elite que lo alababa pero que no podía comprenderlo, una elite que no pudo aprender y siguió cometiendo errores. Esto es una mínima parte de lo que expresan las palabras escritas de un inglés exiliado, prejuzgado y, que sin embargo, no se dejó corromper por las palabras que intentaron romper su cabeza.  

En cambio, a la película de Oliver Parker todavía no puedo terminar de entenderla. No sé qué es, pero de algo estoy seguro y la única palabra que encuentro para describirla es atrocidad. No puedo ni siquiera especificar a qué género corresponde, porque sin pensarlo, obviamente, sería fantástico, o lo que sea. Sin embargo, uno, a estas alturas ya sabe que en una película de esta época un género no alcanza y menos para llevar a la pantalla una obra de Oscar Wilde.

El film no termina de describir la personalidad de Gray. Ese adolescente que llega a Londres para conocer el mundo y crecer en él. Lo único que nos deja claro la película es que el supuesto Dorian sólo tiene interés en coger sin escrúpulo alguno con quien se cruce por delante. El director trata de solucionar los problemas del protagonista en la cama y se olvida de que el personaje de Wilde es poético, poseedor un alma pura corrompida por la sociedad. Pero, sin embargo, él mismo se da cuenta de que comete errores y cuando intenta solucionarlos la ignorancia no lo deja cruzar de vereda.

Concluyendo, creo que Parker se olvidó que para pasar la letra a imágenes, no es imprescindible hacer algo semejante sino mantener la esencia. Podríamos nombrar cientos de obras clásicas traspuestas a nuestros tiempos que no son idénticas a su texto anterior (como por ejemplo Romeo + Julieta de Baz Luhrmann) y que de todas maneras tienen mucho que las une a su antecesora. El retrato de Dorian Gray se olvidó por completo de eso, se olvidó de utilizar el séptimo sentido como motor de conexión del arte, y parece haberse fijado más en la vida de su autor o, rebajándose por completo, en lo que puede vender Wilde en la taquilla.

Pobre Oscar, revolcándose en su tumba sin poder salir y, tal vez, pensando cuántos cuadros nos harían falta apreciar para sentirnos, aunque sea un poquito, más humanos frente a la crueldad de nuestros actos.

*Estreno en España.

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