Green Zone / 2010 / Paul Greengrass / Estados Unidos
Red Cliff Parts 1&2 / 2008-09 / John Woo / China

Terminado el mundial y habiendo poco de interés en la cartelera porteña (en serio, sacando a Toy Story 3 y Océanos no hay nada bueno) decidí el pasado fin de semana internarme a ver cine en mi casa, ya que a veces lo mejor se encuentra pirateado en un videoclub amigo o directamente bajado por Internet. Así me encontré con los últimos filmes de dos directores que admiro mucho, por un lado lo nuevo de Paul Greengrass (el mismo de las dos últimas películas de la saga Bourne y de Vuelo 93) llamado Green Zone, y por el otro una épica china dividida en 2 partes llamada Red Cliff, que marca el regreso a su país de origen del legendario John Woo luego de fracasar en Estados Unidos con su última película El pago. Fue muy extraña la sensación que tuve después de ver estas dos películas con tan poco tiempo de diferencia una de la otra. Pese a las diferencias tanto temáticas como narrativas que existen entre ambas hay un nexo que las une, y es la pasión que tienen por capturar el movimiento delante de una cámara.
Tanto el cine de Paúl Greengrass como el de John Woo se basaron siempre en la idea de la acción constante, ya sea en contextos más realistas como los que se suceden en las películas del director británico o en escenarios propios del imaginario cinematográfico en el caso del realizador chino. Pero lo interesante en ambos casos es que si bien ellos persiguen la misma idea del movimiento fluido de sus criaturas a través de la acción y la adrenalina, no pueden ser más diferentes en cuanto a la forma de demostrarlo. En películas como Domingo sangriento, La supremacía Bourne o Vuelo 93 la acción es inmediata, ágil, y la cámara en mano junto al montaje frenético obliga a que los planos sólo puedan ser leídos en función de un objetivo a alcanzar por los protagonistas. Así sea en forma de la acción pura como en la saga Bourne o de la dramatización de hechos reales como en Vuelo 93, tanto la estética con cámara en mano cercana al documental como la narración en el cine de Greengrass funcionan en base a crear el movimiento como algo visceral. Algo que estamos viviendo a la par de los protagonistas, mientras corremos junto a ellos para alcanzar algo concreto, tangible, que nos permita frenar esa adrenalina constante.
En Green Zone, lo que busca el protagonista Roy Miller es la verdad. Sargento de un batallón de soldados en Irak apenas comenzada la invasión norteamericana en el país de Medio Oriente, a Miller le es asignado encontrar armas de destrucción masiva (las famosas WMD) en el lugar. Pero cansado de volver de sus misiones con las manos vacías, decide actuar por su cuenta e investigar cuál es la fuente secreta que falsificó la existencia de tales amenazas y desenmascararlo ante la prensa. Greengrass establece así su relato contemporáneo como una lucha solitaria de un hombre contra un sistema corrupto que impedirá que la verdad salga a la luz, generando un juego contra el reloj entre unos y otros por llegar a esa verdad y utilizarla con distintos fines. La forma que toma Green Zone es la de un tren bala sin frenos que se mueve en una sola dirección y con un objetivo claro al cual llegar, y la sucesión de cortes rápidos de montaje junto a una música que marca una pulsión constante funcionan para llevar a cabo esa idea especifica.

Diferente es el caso del cine de John Woo. Considerado por mucho tiempo como el maestro absoluto del cine de acción y violencia, y con un estilo que fue desde admirado hasta imitado (tanto Quentin Tarantino como los hermanos Wachowski tomaron mucho de Woo para sus películas), el realizador que comenzó su carrera en Hong Kong con auténticos clásicos del genero policial como El Killer y Duro de vencer (que lanzaron al estrellato al actor Chow Yun-Fat) se caracterizó por lo que la crítica llama “ballet coreográfico”. Un autentico esteta de la violencia, sus escenas de acción siempre están construidas con una claridad y un lirismo tales que parecieran buscar una belleza escondida dentro de tanta sangre y brutalidad. Con el uso cámara lenta constante, el movimiento coreografiado de sus figuras (que se mueven como si se encontraran en medio de una danza mortal) y esas palomas blancas revoloteando alrededor del héroe que ya son una marca registrada en sus films, su cine nunca fue de grandes sutilezas a la hora de explotar las emociones de sus personajes. Pero a diferencia del inmediatismo de Greengrass, que ya piensa en el plano siguiente antes de que podamos leer el actual, a Woo le interesa capturar el movimiento en todo su esplendor, a veces dejando un plano suspendido en el tiempo a base de cámaras lentas y largos primeros planos sobre sus personajes. El movimiento en Woo es algo que debe ser capturado de la forma más bella posible permitiendo que podamos apreciarlo y absorberlo para que quede grabado en nuestras retinas. De esa forma, imágenes como la del héroe utilizando un revolver en cada mano (como en Contracara) o sosteniendo un arma y un bebé al mismo tiempo (en Duro de vencer) quedaron selladas como íconos absolutos de su cine.
Basada en el libro histórico La batalla de los tres reinos, Red Cliff narra la batalla ancestral de la dinastía Han liderada por el ambicioso general Cao Cao contra los reinos de Xu en el Oeste y Wu en el Sur con la intención de unificar toda China. Woo decidió, luego de que sus últimos films en Norteamérica fracasaran en la crítica y en la taquilla, rodar esta épica de guerra de casi 100 millones de dólares (la más cara en la historia de China) y dividirla en dos partes de 2 horas y media cada una. Lo más increíble es que habiendo visto las dos partes una tras la otra no se siente esa duración, demostrando la habilidad de Woo a la hora de construir su relato de casi 5 horas sin que estemos mirando el reloj ni sintiendo cansancio alguno. El realizador no escatima detalle en su recreación bélica, se encarga de mostrar cómo ambos bandos planean sus estrategias de batalla como si fuera una intensa partida de ajedrez, y cómo los factores externos como el clima o la composición geográfica del territorio juegan un papel primordial para ganar la guerra. Hablando de esto último, es lamentable no poder disfrutar este espectáculo bélico en toda su magnitud en una pantalla grande y tener que contentarnos con apreciar las gigantescas luchas entre ambos bandos en un monitor o en un televisor. Los temas clásicos de Woo como la dualidad entre el bien y el mal y el juego de espejos entre dos fuerzas opuestas reaparecen aquí pero llevados a un contexto más amplio, sin escaparle al melodrama ni a la exaltación de emociones, y en donde el error de un General puede llevar a la muerte de una civilización entera.
Dos películas diferentes, de dos directores cuyos estilos no podrían ser más diferentes. Y aun así, hay una idea en común que persiste, y es que saben explotar esa capacidad tan mágica como misteriosa del cine para capturar aquello que lo hace tan especial, eso que se llama movimiento.







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