Anvil! The Story of Anvil / Sacha Gervasi / 2008 / Estados Unidos

Hasta hace unos años, uno de lo motivos más atractivos para juntarse a rockear con amigos era conquistar al mundo, o a una ciudad, o por lo menos a un puñado de chicas inquietas con remeras negras. Sin embargo, en la mayoría de los casos, después de recorrer varias salas de ensayo, cambiar de bajista y cansar a los familiares y amigos para llenen bares con piso de cemento húmedo, se empieza a digerir el anonimato como una cualidad fundamental del resto de la vida. Allá afuera hay cientos de chicos que ya no lo son tanto tratando de sobrellevar la mala noticia. Aunque, quizás, hay algo más duro que haber sido siempre un total desconocido.
Me entero por este documental de que en Canadá hay una banda de heavy metal llamada Anvil que tuvo una exigua y precaria fama a principios de los 80, que con su música pudo haber influenciado a Metallica y a otros monstruos de la industria discográfica, pero que se quedó golpeando las puertas del cielo sin que nadie los dejara pasar. En las entrevistas que aparecen al comienzo, Slash, el guitarrista de los Guns, dice que lo que les impidió conocer la fama y la fortuna pudo haber sido el factor canadiense. Otros suponen que el problema fue la falta de un buen manager o que, simplemente, no tuvieron suerte, que les faltó estar en el momento y el lugar adecuado. Pero ninguno cuestiona sus canciones, los entrevistados no están hablando de la música sino del business, de la posibilidad de vivir de lo que los fascina.
El documental comienza en el mejor momento de la banda. Las imágenes de archivo, que ya tienen más de 25 años, los muestran en Japón tocando en un festival para miles de personas. Lips, el cantante y frontman del grupo, viste un traje sado y acaricia su guitarra con un consolador mientras el público hace los cuernitos con la mano y agita la cabeza cuando tocan su hit Metal on metal. Es eso nomás, ese instante al otro lado del mundo fue la cima de Anvil. Cuando termina la canción, el contraste es inmediato. La cámara de Gervasi acompaña a Lips en un trabajo que nada tiene que ver con las tachas y los jeans ajustados. Hoy reparte comida a bordo de una camioneta. Se nota el paso del tiempo en su cara, y aunque mantiene el pelo largo, una aureola de calvicie ya corona su cabeza. Lo extraño, lo que hace de él y de su perpetuo amigo Robb material para una película, no son aquellos buenos momentos del pasado, sino el eterno presente en el que mantienen un sueño. Porque Anvil sigue tocando, sigue intentando acceder al negocio de la música con el mismo entusiasmo que a los veinte a pesar de que ya tienen más de cincuenta.
Lips y Robb, vocalista y baterista, se conocieron cuando eran adolescentes. Juntos formaron la banda allá por los 70 y desde entonces son como carne y uña. Se aman y se pelean como cualquier pareja, pero sobre todo se aman. Se van de gira por Europa durante las vacaciones de sus trabajos ordinarios, tocan en antros para quince o veinte personas, se angustian por la mala organización de su manager italiana que casi no habla inglés, pierden trenes y se agarran de las solapas con los dueños de los bares que se niegan a pagarles por su trabajo. Todo eso a la espera de que aparezca un productor que reconozca su talento y les cambie la vida. Alguien que les abra esas puertas que conocen de cerca pero que permanecen cerradas.
Aunque en un principio este par pueda recordarnos a otros pares relacionados al rock como el de Wayne y Garth de Wayne’s World o el de Capusotto y Luque en la reciente Pájaros Volando, o también, al falso documental This is Spinal Tap –a la que la película homenajea mostrando un equipo de guitarra que tiene 11 niveles de volumen–, Anvil! The Story of Anvil logra apartarse de la parodia, el chiste y la rememoración retro para mostrarlos como hombres de carne y hueso que sostienen día a día una ilusión de hierro. No provocan pena ni risa; más bien, una amistad y unos sueños compartidos como los que tienen estimulan la envidia y la admiración.
El documental se arma de los altibajos emocionales que sobrevienen con cada buena noticia: a la invitación a un festival en un estadio con capacidad para 10.000 personas le sigue una concurrencia de 174, una reunión en la disquera EMI para mostrar su nuevo álbum termina con un mail en el que les rechazan su trabajo y les desean suerte en su búsqueda. La capacidad de Anvil, y sobretodo de Lips, para reanimarse luego de cada frustración es asombrosa. Así, el documental y la banda construyen una épica y una estética del fracaso en la que los personajes se vuelven más encantadores en cada intento. Su discurso a veces puede parecer ridículo, pero no son tontos, no son los Beavis y Butt-Head de la tercera edad. Son concientes del fracaso pero no se detienen a admitirlo. Así caminan la vida desde hace mucho tiempo y van logrando cosas, quizás más importantes que firmar un contrato con una multinacional. Ayer, por ejemplo, me hicieron volver a sacudir la cabeza como cuando tenía veinte.










¡500 firmas para que vuelvan los signos de exclamación! ¡Vos que te hacés el heavy!
Lo más parecido a metal canadiense que conozco es Harem Scarem, una banda de hard rock que arrancó en los 80, la rompió en los 90 y se separó hace algunos años. Te la recomiendo Martín; si te gusta el metal, pegales una escuchada.
Ya vuelven, ya vuelve la exclamación. Nadie canta bingo sin esos signo, lo sé.
Diego, la voy a escuchar en grooveshark.com. Yo te recomiendo esa web, si no la conocés, es la locura. La discografía del mundo al alcance de un click. Un abrazo.
Qué lindos que son los “puñados de chicas con remeras negras”! Quién no va a salir a rockear con ese aliciente.
Gran texto, Martín.
Y más si son inquietas, je.
Grande Martín muy buena crítica a la altura de este excelente documental, un abrazo.